Desde que vi —porque nunca leí— el libro Los hombres son de marte, las mujeres son de venus entendí que en ese título la tipificación podía ser cierta pero que no éramos incompatibles. Al final vivimos en un mundo que se ha creado a partir de una explosión, el big bang, y nada malo podía quedar del renacer de esas cenizas.

Al parecer las cenizas vuelven a quemarse cada vez que se acerca el 8M, el mainstream feminista de los medios recrea que es nuestro día y que es ahí donde podemos hablar y esparcir ira. En 2013, mucho antes de la moda o de la reivindicación del #MeToo, creé Culturetas.com porque sentía la necesidad de hablar sobre las cosas que me afectaban como mujer.

Solteras vs. el status quo

Siempre que estaba con un grupo de amigos hombres, sacaban a colación que yo no tenía pareja o que no me habían conocido una. El fondo pensaba, con un tono de maldad: “si supieran”. Lo grave de todo esto no era que ellos no consideraran que existe una gran diversidad de relaciones y no solo la tipificada como novio-novia, sino que estaban juzgando mi intimidad y mi futuro desde un concepto del “deber ser” como mujer.

libros feministas

“Cuando las mujeres cometen la osadía de aspirar a la independencia, una máquina de guerra se pone en marcha para hacerlas renunciar mediante el chantaje, la intimidación o la amenaza”, apunta Mona Chollet en su recién publicado en castellano Brujas: ¿estigma o la fuerza invencible de las mujeres? (Ediciones B, 2019). Eso era lo que me decían mis amigos: ojo con querer ser independiente, sin pasar por la casilla de salida. Pero no es que no quiera una relación, claro que la quiero, pero no he encontrado al hombre que quiera comprometer su “libertad” conmigo o que yo quiera hacer lo mismo con él por unas pocas migajas. Fue entonces que entre esas ideas encontré Solterona (Malpaso, 2016) de Kate Bolick, un libro que no solo desmitificaba el tema del matrimonio y las relaciones de pareja sino que veía la soledad como una forma de encontrarse a sí misma y estar a gusto en el cuerpo propio.

Bolick no solo confirma esto sino que alega que la idea de matrimonio por amor solo tiene 200 años, y la decisión de casarse o no es más compleja ahora que antes. Bolick, al igual que mi terapeuta, me invita a fluir y vivir en presente sin crear expectativas sobre el futuro y el deber ser; generar un estilo de vida despreocupado pero ocupándose día a día. Sin embargo, las ideas instituidas son difíciles de flexibilizar, así como las ideas del deber ser de mi grupo de amigos hombres que no entienden sus beneficios: estar solteros sin que se les obligue a casarse, tener múltiples amantes sin que se les juzgue por la cantidad, y que puedan tener hijos en el momento que quieran o, mejor aún, no ser juzgados y estigmatizados si no quieren tener hijos o diferencia de las mujeres. “La mayoría solo quiere casarse con una mujer que sea amable con ellos”, escribió en algún momento Tracy McMillian, guionista de la serie Mad Men.

Juegos reunidos feministas

El gran problema, como dice Patricia Escalona —editora de Solterona y autora de un novedad divertida recién salida del horno llamada Juegos reunidos feministas (Temas de Hoy, 2019) —, es que los hombres sienten que tienen derechos sobre la gente sin cuestionar sus privilegios. “Serás más feliz cuando ciertas exigencias sociales absurdas no recaigan sobre tus hombros por el simple hecho de tener pene”, afirma Escalona en uno de las páginas de este nuevo libro a modo de cuadernillo de aprendizaje feminista.

 

Violación, ira, machos y ¿por qué coño no tenemos más leyes que nos respalden?

Quizás si los hombres solo pusieran la polla sobre la mesa en pocos asuntos y no en otros la cosa cambiaría, pero el problema no es nimio. Poner la polla sobre la mesa desde la religión, el Estado, y hasta los roles de género ha pervertido y hecho un daño infinito a las mujeres. Sí, no pongan cara de sorprendidos. Un día, al volver a casa de noche después de las fiestas de Gràcia, dos chicos intentaron manosearme las tetas, yo los empujé y seguí mi camino. Ellos estaban demasiado borrachos como para lograr su cometido y yo demasiado decidida en no desfallecer ante el miedo al otro. Sin embargo, no todo es tan azaroso como lo pinto yo. Quizás mi experiencia se vio minimizada porque vengo de Caracas, la ciudad más peligrosa del mundo, y donde una vez dos hombres me robaron poniéndome pistolas en el pecho (iba con un amigo, no era cuestión de género, era violencia en su forma más pura). Puede que ahí haya perdido el miedo a los hombres borrachos, los minimicé, o simplemente corrí con suerte. Sin embargo, no todo el mundo reacciona igual pero nadie tiene derecho de irrespetar a nadie.

El caso de La Manada el año pasado en España ha sacado lo peor y los grandes prejuicios de la masculinidad. “Estaba borracha y por eso la violaron”; “si jugueteó con ellos es porque quería que se la follaran”; o “esa actitud es de putas”. Todos esos perversos prejuicios junto con una orden judicial que no encerró a los cinco acusados —sí, cinco hombres— sino que los mantiene libres bajo libertad provisional no solo han hecho más profunda la herida moral y física de la víctima sino que nos hunde la moral al resto de las mujeres.

El caso de violación fue tan mediatizado que miles de manifestaciones en apoyo a la víctima ocurrieron en varias ciudades de España. La queja generalizada por los detractores es que se juzgó a las instituciones desde la ira de las mujeres que salieron a la calle a protestar por sus derechos.

Libros feministas

Soraya Chemaly, en el libro Enfurecidas (Paidós, 2019), nos reivindica en la manifestación porque “cuando nos enfadamos y esperamos una reacción razonable, estamos avanzando refutando dicho status quo. Al exteriorizar nuestra ira y exigir ser escuchadas, ponemos en manifiesto la creencia profunda de que podemos involucrarnos y moldear el mundo que nos rodea… Este es el peligro real de nuestra ira: deja muy claro que nos estamos tomando a nosotras mismas en serio. Y esto es así tanto en casa como en la vida pública. Al desterrar la ira de la ‘buena feminidad’, estamos despojando a las niñas y a las mujeres de la emoción que mejor nos protege contra el peligro y la injusticia”.

Las manifestaciones del caso La Manada no tenían que ver únicamente con ese caso en específico, mostraban el hartazgo de que las mujeres desaparezcan de la esfera pública, ya sean borradas, anuladas, violadas o asesinadas.

Las manifestantes nos preguntábamos: ¿dónde están las leyes que protegen? ¿O están tan desfasadas como las leyes con respecto a Internet? ¿Es un sistema patriarcal o una burocracia floja e ineficiente? Las manifestaciones eran una forma de ayudar a las víctimas a contar su propia historia, lo que Rebecca Solnit supone en Los hombres me explican cosas (Capitan Swing, 2015) como una forma de victoria o rebelión mientras las víctimas que no desaparecen se enfrentan a las fuerzas que la querían hacer desaparecer —léase los cinco hombres de La Manada o el marido que le pega a su mujer—.

 

Calladita te ves mejor…

Los comentarios en redes sociales tanto de hombres como de mujeres en contra de las manifestaciones por la sentencia de La Manada me hicieron recordar otro hecho al que apunta Chemaly en el párrafo anterior: “la buena feminidad”. No solo ir a manifestar está mal para muchos —hola, chicos, es un derecho en países democráticos—, sino que me recordó también lo que sucede muchas veces en el ámbito privado.Libros feministas

He salido con algunos hombres a los que les exaspera que grite. Una vez estaba paseando con uno de ellos por el Jardín Botánico de Barcelona y al ver a mi mejor amiga llegar al lugar, le grité a ella desde lejos y el chico me dijo: shh, pero que te escuchan; como si le diera vergüenza que yo gritara. En otra ocasión, otro chico y yo estábamos volviendo de un encuentro íntimo con alcohol incluido, íbamos conversando por la calle cuando este me dice, de la nada: “tú gritas mucho”. Ojo, no se refería a ningún gemido sexual. Nunca me he considerado una persona que grita en las conversaciones, ni mi familia ni mis amigos me lo han dicho, pero ellos me hicieron sentir insegura y minimizada por el simple hecho de alzar la voz en ocasiones de espontaneidad. Como si ser espontáneo fuese un estigma maligno. No me extraña que ahora quieran masturbarse con mujeres robots.

No solo el estigma recae en tu espontaneidad, también puede irse a allanar tu productividad en el área laboral. Dejar en entredicho la productividad o estar en contra de lo que dice un hombre, especialmente si este tiene un cargo de responsabilidad, puede generar violencia y un nivel de anti profesionalidad que se sigue secundando sin coherencia alguna en la actualidad.

Hace cuatro años trabajaba en un periódico cuyo nombre no quiero recordar. En una reunión con mi jefe vía Skype este decidió empezar a cuestionar mis responsabilidades frente a las otras dos personas que estaban conmigo en la sala, el director y el CEO del medio. Mientras seguía cuestionándome públicamente, decidí refutarlo y fue ahí el momento de la explosión: empezó a subir el tono de su conversación. Esa era su forma de pisarme constantemente, no solo en reuniones individuales sino en público. Después de varias reuniones con mi terapeuta en las que yo necesitaba quitarme el pánico que me provocaba esa situación, ella me dijo: enfréntale, dile que no puede hablarte en ese tono o la reunión no seguirá. Y eso fue exactamente lo que hice, me armé contra mi miedo y le dije que creía que no podía continuar la reunión si ese iba hacer el tono de la misma. El director me secundó, aunque al CEO ni se inmutó. Salí de la sala y casi me siento a llorar en mi puesto mientras el resto de periodistas me veía. Mis casi lágrimas no eran por miedo o vergüenza, era una sensación de adrenalina que te dan ganas de expulsar algo de tu cuerpo, sea con lágrimas o con vómito; era el pánico que ocurre después de vencer algo que creías imposible. Ese día gané un punto a mi favor y tres meses después me fui de ahí, la misoginia se desvelaba. Hoy en día solo hay una mujer en esa redacción: la secretaria.

 

La mujer puta, el cuerpo erótico

“Puede masturbarse con lo que pille, pero tan sensible es el clítoris de mi prima y tan sofisticada su técnica que es capaz de masturbarse sin manos y sin ningún objeto”.

Lectura fácil, Cristina Morales

Hay otra cosa que me exaspera de ser mujer y es esa necesidad que tenemos de explicar nuestro cuerpo sexual. Somos —al igual que el de los hombres— seres que desean, que sienten, que piensan lujuriosamente. Algo que aprendí con los años, creciendo en el país en el que nací —Venezuela—, es que uno podía dominar a un hombre mientras no tuviera relaciones sexuales con él. Yo nunca usé esa táctica pero siempre vi cómo hombres que eran amigos me adoraban y al mismo tiempo fantaseaban conmigo. Ellos siempre estaban ahí para mí. Entendí que eso no era placentero y que yo no ganaba nada, ni quería ese poder para ganar un súbdito. En contraparte, si me acostaba rápidamente con un hombre la atracción que este sentía por mí se apagaba, yo terminaba siendo un check, aunque nos llevásemos estupendamente bien.Libros feministas Lectura fácil, Cristina Morales

Fue en España donde encontré otra tipología: esa que piensa que porque disfrutas de tu sexualidad eres puta y ese concepto es un monolito para un hombre. Aunque en Venezuela la gente —mujeres y hombres— también le tiene recelo a la palabra puta y la usan también para herir, en España el uso me huele a pecado. Así, bien básico, católico, inclusive podría ser musulmán —ajá, se asustaron y no les gusta la alianza, ¿no?—. Como si disfrutar del sexo o pedirlo solo podría asociarte a ese único espacio íntimo y sexual. He salido con hombres que sé que solo me ven de esa manera u hombres que no me considerarían una pareja apta para ellos porque piensan que la animalidad en la cama se va a extrapolar a la vida cotidiana; como si yo fuera un bichito que no es racional ni que sabe distinguir entre espacio privado y espacio público.

De la figura de Lilith casi no se habla y junto con la de la Virgen María son quizás las mujeres espirituales y mágicas que tendríamos que venerar —si quieres, antes de que me vengan a decir algo—, o quizás hacer un mix de ambas para ver si los hombres entienden que no todo es monolítico.

 

***

El otro día me dijeron en Twitter: el feminismo nos incluye a hombres y mujeres; pues bien, aunque la comunicación es una angustiosa herramienta que el ser humano sabe o no utilizar, es la que tenemos para entendernos. Otro día hablaremos de más cosas y pondremos en duda otras, pero la semana del 8M no podemos dejar de empatizar desde la pluralidad de ideas, libros, testimonios o belleza —aunque odies que te digan guapa—, inclusive abrazando feminismos en los que no creemos pero de los que podemos aprender, sopesar, dudar o transformar. Como me dijo Elvira Lindo en una entrevista hace unos meses: “uno tiene que defender y vivir de acuerdo con el feminismo en el que cree”.

 

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