Dos parejas charlan animadamente en el salón de una casa. Llama la atención la ausencia de ventanas y la decoración kitsch de la estancia recubierta de papel pintado azul marino con motivos geométricos imposibles.

por José Miguel Muntadas García

Un espejo circular de marco dorado en medio de la pared recuerda al cuadro de de Van Eyck, aunque es muy dudoso que esté colocado ahí en forma de algún tipo de homenaje intelectual. Después de abrir una botella de champagne, el hombre que luce unas prominentes patillas rubias se incorpora y comienza a desabrocharse el cinturón para quedarse finalmente desnudo de cintura para abajo. Su mujer y la otra pareja, en vez de sorprenderse por tan extraño comportamiento y aconsejar al individuo que abandone la bebida cuanto antes, ríen la ocurrencia y con una cinta métrica verifican los centímetros de su flácida virilidad. Las burlas por el escaso margen longitudinal hacen que él proteste argumentando que en erección la cosa cambia bastante a mejor. Para comprobarlo, la mujer del metro le hace una felación y luego vuelve a medir. El otro amigo, provisto de un bonito mostacho, no quiere quedarse atrás y comienza entonces una auténtica vorágine en común de mamadas, cunnilingus, penetraciones diversas y, finalmente, eyaculaciones en el primero de los rostros femeninos adornado con una sombra de ojos verde eléctrico.

Sí, estamos ante una escena de una película porno y sí, posiblemente fue filmado entre mediados de los setenta y principio de los ochenta. La época mágica de una manera de entender la pornografía que podríamos llamar naturalista: pubis, bigotes y axilas poblados, barrigas orondas y tetas no operadas junto con esquemas narrativos sorprendentes para la mentalidad actual. Y es que podemos convenir que, hoy por hoy, en las escasas ocasiones en las que todavía se pretende seguir algún tipo de situación guionizada (internet ha supuesto el espaldarazo definitivo al Gonzo de Mr. Stagliano), ésta siempre responde a la ecuación nos chupamos-follamos-me corro en tu cara. La repetición ad nauseam de este esquema, junto con la uniformidad de la propuesta contemporánea ha conseguido que muchos autores hayan vuelto la mirada a ese añorado el dorado. Y no me refiero sólo a la magnífica Boogie Nights (1997) sino que el mismísimo creador de The Wire, David Simon, se encuentra preparando una serie para la HBO sobre el porno en aquellas décadas mientras escribo estas líneas (The Deuce). La proliferación del apartado vintage en cualquier portal pornográfico de cierta entidad responde a la perfección sobre el interés creciente por este tipo de cine erótico que discute las premisas sagradas sobre las que se suele sustentar. Esto sucede porque todos suponemos que la principal motivación a la hora de producir y dirigir cualquier tipo de contenido tipificado como pornográfico es conseguir la excitación sexual del que lo consume.

En el caso del cine porno clásico no es así necesariamente, ya que gran parte del mismo utiliza el humor y la parodia como herramienta recurrente en sus cintas. La inclusión de la comedia dentro del género que nos ocupa sucede en sentido transversal, ya que recorre tanto la filmografía norteamericana (Garganta Profunda, Deep Throath 1972)—exhibida, por cierto, no sólo en salas X— como la europea (véase los contenidos en forma de pequeños cortos de la productora danesa Clímax en esos años). Un caso paradigmático es el caso de la productora germana Herzog y el tándem formado por el matrimonio Hans Billiam y Patricia Rhomberg. Aunque sólo duraría unos pocos años —1975/1978— tras los cuales ella volvería a su antigua profesión (ayudante de enfermería), en sus apariciones se puede comprobar lo cercano que está de lugares comunes como el cabaret y el vodevil. Géneros hermanos, tales como la screwball comedy, o el hard boiled también hacen acto de aparición, otorgando de esta forma una diversidad interesante. Pero es que además se presume de lo cuidado de la puesta en escena de algunas cintas, más propia de películas mainstream, como demuestra la aclamada Josefine Mutzenbacher-Wie sie wirklich war (1976).

porno-clasico

La libertad de las historias incide en la libertad de los propios actores. Pronto vendrán sin embargo los años 80 junto con la marea de SIDA y droga que asolarán el panorama de la escena de la industria erótica. A partir de los años 90, muy influenciado por los nuevos productores norteamericanos, comienza la progresiva uniformidad de situaciones y de cuerpos. La individualidad original de las estrellas pioneras de la época dorada da paso a una legión de carne de gimnasio rebosantes de hormonas sintéticas y de silicona. Cuerpos absolutamente depilados y operados, mucho más cercanos a muñecos hinchables de sex shops que a seres de carne y hueso. El humor está vetado, y la excepción, proscrita. Al menos a algunos siempre nos quedará el consuelo de poder revisitar aquellos eternos clásicos y de esperar que la ley del péndulo vuelva a poner las cosas en su sitio.

Por cierto, en la escena con la que comenzaba la polla más larga la tenía, pese a todo, el individuo del bonito bigote.

De nada.

 

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