Es muy conocida la tesis de que el gran temor de lo masculino es la castración. El supuesto detrás de esta idea se puede exponer de un modo sencillo: el patriarcado, como organización social, está fundamentado en la adoración al falo, símbolo de poder y dominación. Dado esto, lo masculino se entenderá como lo portador del falo y lo femenino, en contraposición, será todo aquello que carezca del mismo, por lo que se le asume sin poder y sometido a lo masculino.

No debemos identificar exclusivamente lo masculino con el hombre y lo femenino con la mujer. Cuando se habla aquí de masculino y femenino, se habla más bien de fuerzas simbólicas. Esta tensión ya ha sido retratada recurriendo a otros pares de opuestos como lo son, por ejemplo, lo apolíneo y lo dionisíaco, o el amo y el esclavo. Lo interesante es que, al igual que en la dialéctica del amo y esclavo, lo femenino (lo esclavo) tiene un secreto y éste es que conoce el gran miedo de lo masculino (el amo) de perder el falo. Lo femenino puede usar ese miedo para controlar las posibles desmesuras de lo masculino y así mantener un equilibrio; sin embargo, lo que suele suceder en el patriarcado es que lo masculino, debido a dicho miedo a la castración, incurra en la desmesura de lo fálico. Los acosos, la violencia, la división sexual y de la sexualidad en binomios, y los totalitarismos, por ejemplo, se entienden como formas de desmesura fálica. Cuando esto ocurre, la única salida posible es efectuar, efectivamente, la castración.

Mi representación favorita de esta situación está en la mitología griega. Allí se nos cuenta que, en el orden de los dioses preolímpicos, Gea (la tierra, lo femenino), estaba sometida a Urano (el cielo, lo masculino). Ejerciendo su poder fálico, Urano, no dejaba nacer a los hijos de ambos. Esto ponía muy triste a Gea y ella, entonces, fabricó una hoz. En un momento se la da uno de sus hijos, Saturno, y éste castra al padre, el cielo. Gea, fue así, la primera revolucionaria en acabar con la tiranía dominante. La sangre que del cielo llueve a la tierra forma nuevos seres y, lo que me interesa aquí, es que de sus genitales caídos en el mar se formó la concha de donde nace Afrodita. Esto implica que Afrodita y todo lo que ella representa: el amor, la belleza, el erotismo y la sexualidad libre, son solo posibles en el mundo una vez que se ha castrado al tirano, pues bajo su dominación y terror nada de esto puede brotar.

Una de las versiones más recientes y acertadas de este relato la vemos en este maravilloso video de Antony and the Johnsons, para su canción Cut the world. Aquí se actualiza el mito de Gea y Urano. Lo masculino, interpretado por Williem Dafoe, se muestra como el jefe de cualquier oficina que mira orgulloso, desde los grandes ventanales de su oficina, un mundo plagado de industrias grises, casi sin vegetación, sobre la que extiende un cielo nublado, un mundo sin belleza. Lo femenino, interpretado por la preciosa actriz y cantante Carice Van Houten, representa el papel de la secretaria de Dafoe. Ella, al igual que él, mira desde un ventanal al mundo, pero no está orgullosa sino entristecida profundamente ante este paisaje. Descubre entonces que debe “cortar”, “castrar”, esta desmesura fálica. Como si obedeciera un mandato de la tierra, de la naturaleza, de Gea. Se lanza a su tarea en una extraordinaria escena que es el momento más logrado del video. Inmediatamente, la vemos abandonar las edificaciones y encontrarse en medio de una revolución de lo femenino. Al final, se consigue, reconociéndose en una mirada, con la mismísima “Gea” de esta reversión, interpretada por quien sólo podría hacerlo la gran Marina Abramovic.

Disfruten de esta invocación contemporánea de la emancipación de lo femenino que, después de todo, no es más que un clásico:

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