Hace unos días mi amigo, llamémosle C,  fue a Berlín y, como es costumbre en sus visitas a la ciudad alemana, visitó la famosa discoteca Berghain. Fue allí cuando le propusieron subir al local que está arriba de la discoteca, el llamado: Lab-oratory.

Aunque C ya conocía el lugar, este sauna exclusivo para que los hombres hagan y deshagan con sus cuerpos y los de otros hombres, en esta ocasión se abría exclusivamente para que las mujeres pasaran como vouyeurs, razón que a C le pareció genial para él mismo ser un metavouyeur.

C después de mirar a su alrededor, pensó y ¿dónde están las mujeres?, fue cuando en su ida al baño encontró a todas las mujeres divirtiéndose en una especie de girly night rodeada de hombres practicando sexo oral a otros, tríos, handjobs, etc, etc. En todas las prácticas de este club sexual parecía haber de todo, menos condones. En mi cabeza al imaginar la descripción de la escena se escuchaba un eco: “Al parecer los gays berlineses no conocen los condones online”.

lab.oratory

 Foto desde la web de discodamaged

Días después de hablar con mi querido C, me conseguí con el libro “El condón asesino”, un nuevo lanzamiento editorial de Ediciones La Cúpula que versa la historia de un condón psicópata que causa pánico en la ciudad y nadie que mantenga relaciones sexuales está a salvo de este voraz asesino de látex. ¡Susto! pensé en mis adentros, no hay nada peor que una paranoia con un condón en pleno acto sexual.

En la misma tónica, casi karmática y siguiendo mi travesía diaria, me conseguí un amante que me dijo: “no me va eso de los condones” y fue allí cuando volvieron los recuerdos de los cuentos de T y “El condón asesino”; y tal habría sido mi cara que no accedí a seguir. Sin embargo, mi amante  en cuestión entendió que para poder pasar por Go y cobrar 200, necesitaría del famoso profiláctico.

monopolio_condones

Cigarrillo en mano, luego de mi placentero encuentro, recordé la masificada 50 shades of Grey, donde el personaje masculino narra dedicadamente cómo prefiere el uso de condones para sus prácticas sadomaso antes que dejar de cuidarse. Es tan frenético su control por la prevención, que el eros de los encuentros entre los protagonistas del famoso bestseller, se ve recortado entre tanta prevención, que termina rayando en lo aburrida.

Cada una de estas historias me hacen cuestionarme: ¿En qué momento la prevención sexual nos ha dejado de importar? ¿Cuándo olvidamos el incremento de los casos de sida en los 80 en adelante o cualquier otra enfermedad de transmisión sexual que nos lleve a perder el pulso vital?. Me lo pregunto día a día, por qué las prácticas sexuales en los seres humanos terminan diversificándose y apostando al deseo por el riesgo hedónico antes que por el deseo sexual y vital, incluyendo o no, un preservativo. Esa pulsión de muerte en el orgasmo nos sigue gustando más, nos sigue cegando y llevándonos a disfrutar de la vida de los pequeños placeres sin importar las consecuencias, siguiendo a nuestra animalidad intrínseca.

¿Será que el sexo, el sudor y los condones del gran Giacomo Casanova vuelven a regirnos?

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