Pelear requiere de un gran esfuerzo físico y mental, tomar las diferentes salidas y hacer de ellas una tangente por la que te deslizas como un animal cazando su presa.

Los gritos, la euforia, los llantos y la pasión que se desenvuelven mientras se debate entre un sentimiento y una actitud: ¿ser feliz o tener la razón?

Yo prefiero –egoístamente-, estar satisfecha, lo cual, podría ser una manera de ser feliz.

El corazón se me sale del pecho y, sin darme cuenta, el maquillaje se me corrió por todo el rostro; los labios rojos degastados y las venas del cuello a punto de ebullición. Detrás de esta imagen bélica, estás ahí con los brazos tensos y el abdomen prensado. Mordiéndote el labio y acercándote de manera retadora, me confundes. No sé si deba empujarte o morderte el labio, la cosa es que, pelear contigo altera mis sentidos.

Es un tango agresivo los dimes y diretes que van volando por el aire, las manos que tienen un propio lenguaje, los dedos que pasan por el cabello tratando de no halarlo ante la desesperación de dar un punto a favor o en contra; silencios incomodos y concursos de miradas, el tono sarcástico y el rostro endurecido, el pecho se infla y desinfla. En cuestión de minutos, el tema será otro.

Animal, bestia, salvaje, brusco, basto e indomable, el efecto mariposa de las cartas sobre la mesa, un movimiento en falso y me tomas por los brazos como si así fuese a entenderte o dar los mismos a torcer, te acercas y tu aliento humedece la añoranza y por segundos, olvidé que decías y con la punta de la lengua confundí el lenguaje, se dilata la pupila, se contrae el pecho y explotas.

En un susurro desoriento la terminología y en un tono pasivo-agresivo te pregunto: “¿Quieres seguir peleando?”. La interpelación se traduce a una demanda física, una venganza dulce que requiere todo el entrenamiento previo y físico, para algo discutimos. El juego del gato y el ratón, tu mano tomando mi quijada, mi cabello bordeando el rostro y la espalda en arco, las piernas rodeándote y el pulso sube, hace calor. Respiro, respiras y exhalamos hacia una misma dirección. Casi sumisa me dejo tomar, sin antes dar pelea. Debes luchar por lo que quieres y ahí divagamos nosotros.

Rebota el cuerpo contra la cama, las manos atadas entre tus dedos y la fuerza del hombre que se derrite sobre mi ombligo. Te doy la espalda y al al unísono nos damos la razón. Vulnerable y arrepentido, con ganas de volver a mi, esperándote en el campo de batalla, amando cada centímetro de ti, odiando tu orgullo, deseando tenerte, horizontales y verticales.

El discernimiento de amarte, me dan ganas de arañarte la cara.

Miau…

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