Hola, soy Cornelia Amor.

Me gusta confesarme detrás de mis letras,  es un completo alivio poder decir obscenidades cuando nadie puede mirarte a los ojos. Al igual que en un encuentro entre mi amor y yo, no existe pudor alguno, sobre todo cuando su ombligo choca contra el mío y a mí me provoca bailar. Así es hacer el amor: bailar a ritmos impúdicos que te permiten crear un ambiente de altas temperaturas entre coros de gemidos y su nombre resonando en la esquina de nuestra cama, sus manos de hombre apretando con fuerza mis costillas y mi cadera chocando contra su ingle, así, como si bailáramos, se acerca más el deseo de la carne. Sobre todo cuando el condimento es el amor, sabes que te vas a comer un increíble plato cuyo sabor está en su punto.

A pesar de ser unos años menor que yo, el niño viene a darme escuela.  La fuerza centrífuga de dos cuerpos que entran en calor, yo con porro en mano complaciendo los antojos del amor, sugerencias de vestuario incluidas -“ponte los lentes”,“déjate los zapatos puestos”- y coordenadas en el acto -“mírame ahora”-, imágenes que al recordar, me empañan los lentes.

Recordando que los años de ventaja son unos pocos pero cuentan, no faltaba más que mis piernas se enredaran en él, estando de pie,  para comenzar un movimiento pélvico –gracias sangre latina y gracias al yoga-  para comenzar a bailotear. Me bastaba con escucharlo respirar: subo y bajo por su cuerpo entero, vueltas y batidas de melena, la cara que todo lo dice, los resoplidos y los suspiros que dicen algo entre dientes continúe en mi mejor rol de fiera para usar al amor, que con tan solo de 27 años, me complace hasta el último de mis poros.

Sigue así la coreografía de mano en nuca, talón en sacro. Sus manos entre mis muslos me elevan y me montan en el trono que tiene el cielo hecho para mí. Ahora es un solo ritmo y la gota gorda de sudor que recorre la médula espinal, cierra con los ojos en blanco, cantando su nombre.

Hola soy Cornelia Amor, no soy bailarina de tubo pero como me gusta moverme para él.

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