por Angelines Padrón

A medida que pasan los años y compartimos más tiempo con nosotros mismos, somos capaces de llegar a conclusiones un tanto precipitadas (a mi parecer) afirmando que “nadie nos conoce mejor que nosotros mismos”. En teoría, éste es un hecho inamovible que deberíamos tener tatuado a fuego en nuestras conciencias, sin embargo, en la práctica se produce un efecto confuso, en el que conocerse siempre viene relacionado a un factor externo (entiéndase como pareja, trabajo, estudios). Sí, también somos eso, pero nos olvidamos de lo que somos en esencia y allí se encuentra el meollo de este asunto.

Desconocemos cuáles son nuestras necesidades reales y nos enfocamos en cuestiones meramente superficiales cuando de cuidarnos se trata. Hemos de aprender que nuestro cuerpo es nuestra interfaz con el resto del mundo, es nuestro contacto directo con el exterior y, lo más importante, es nuestro instrumento para sentir: emociones, olores, sabores, texturas y una infinita lista de cosas. Desconocer el potencial que existe en nuestro cuerpo es desconocernos a nosotros mismos, es por eso que muchas veces nos resultamos meros extraños.

La aceptación del propio cuerpo y su liberación de atascos energéticos es fundamental para el autoconocimiento. También lo es el descubrimiento a través de la sexualidad. Nuestro cuerpo está dotado de siete centros energéticos que funcionan como canales a través de los cuales fluye la energía desde el cosmos hasta la tierra. Estos centros, conocidos como Chakras, se encuentran distribuidos en puntos específicos de nuestro cuerpo y nuestro equilibrio energético depende del suyo. Si se encuentran bloqueados, el flujo se verá interrumpido y el equilibrio se romperá.

Los dos primeros Chakras (Chakra Raíz y Chakra Sacro), ubicados en el ano y los genitales respectivamente, son los que nos mantienen conectados de forma directa con la tierra y en ellos se gestiona, entre otras cosas, todo lo relacionado a la perpetuación de la especie y los impulsos sexuales. Es por ello que su desbloqueo es  tan importante porque el equilibrio del resto de nuestros centros energéticos depende en gran parte del estado en el que se encuentren nuestros dos primeros Chakras.

Conocernos como individuos, descubrir las necesidades reales de nuestro cuerpo y lo que nos genera placer forma parte de este flujo energético. Y ¿cómo sabemos qué es lo que nos gusta? La respuesta es muy sencilla: probando y dejando de lado los miedos. Es imposible saber si nos gusta que nos laman los pies o nos asfixien mientras estamos en la cama con nuestro amante, sin haberlo probado.

A medida que probamos nuevas posturas, nuevos juegos, nuevos lugares, nos transformamos en seres valientes y libres. Las señales enviadas por nuestro cuerpo son entendidas finalmente por nosotros mismos -los que realmente debemos entenderlas- y, así, somos capaces de satisfacer de manera consciente nuestras fantasías más extravagantes. Como consecuencia, el flujo energético en nuestro primer y segundo Chakra empieza a ser constante e ininterrumpido.

Cuando tenemos sexo, nuestro cuerpo y el de nuestro/a compañero/a se conectan no sólo físicamente, si no que además, el intercambio energético desencadena una serie de reacciones que nos elevan a un nuevo nivel. Al ser conscientes, la sensibilidad tiende a aumentar y los orgasmos llegan a ser realmente intensos. No es casual que los colores que identifican a nuestros dos primeros Chakras sean el rojo intenso y el rojo anaranjado. Nuestro fuego interno se libera y nos libera durante el orgasmo.

Es hora de conocerse, explorarse, amarse en soledad, en pareja, en grupo o como lo prefieran. Mantengamos el flujo constante de energía en nuestro cuerpo y seremos capaces de despertarnos a diario sonriendo. Porque, al final, el sexo es amor, AMOR al propio cuerpo.

No seas egoísta, comparte:
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •