Primera Escena

Me levanto temprano, sin ganas de ir a trabajar, medio tristona. Me pongo lo primero que encuentro. En la noche debo dar la primera clase a un grupo de gente adulta; yo, esta joven profesora  y, por amor a las sandalias de Cristo, no puedo verme tan impresentable. Echo en el bolso una chaqueta, una bufanda fucsia.

(“Fuchaaaa”, perdón, como diría mi amiga trans, La Gaviota. Un color glamouroso.)

Pasa el día, llega la hora de salir a dar la clase. Me lavo la cara y vuelvo a maquillarme. Me pongo la bufanda (fuchaaaa) y la chaqueta. Mi imagen en el espejo cobra brillo, se realza.

Corte A

La feminista radical Estela me dice que maquillarse es seguirle el juego al sistema patriarcal. La miro azorada.

A las intelectuales se nos enseña que arreglarnos es signo de frivolidad; que la salvación sólo está en el conocimiento. No estoy de acuerdo. Los egipcios, hombres y mujeres, se maquillaban. Ahí está Susan Sontag y su fantástico mechón de canas. Verse bien, adornarse, es una necesidad que pareciera inherente a la condición humana. No conozco cultura que no se adorne, algunas de muy raras maneras. También los chicos tienen sus perfumitos, sus coqueterías. La salvación puede contenerse, igualmente, en un potecito de pintura de uñas: ese ejercicio zen de pasar la brocha delicadamente.

La trampa del adorno está, creo, en esclavizarse. Una no puede ser esclava de una imagen, de ninguna. Pero negar que hay un poder del tocador es una suerte de exabrupto. Allí hay una fortaleza y una magia. Las brochas y los creyones son también varitas mágicas; los perfumes, pociones. La camisa de “los días en que no me hallo en el espejo”  es una capa de bella invisibilidad. Mi rostro coloreado no es sólo máscara, es un rostro adornado para la batalla. El tocador, un lugar para la hechicería, el amor, la guerra.

Así que no vengas a decirme, Estela, que le sigo el juego al sistema patriarcal. No me da la gana de que interrumpas en mi cómoda –esa palabra de abuela- con tu imagen sesgada de lo femenino. Lo siento, siento si soy abrupta, pero lo femenino me parece amplio. Y esa amplitud pasa también por el artificio de la seducción, la coquetería y la belleza. Y eso tiene su ritual, así como todo ritual tiene, también, sus adornos. El tocador no está hecho para complacer a los hombres. El tocador es un templo donde se venera a Afrodita o Oshún que sí, complacen a los hombres pero son otras  cosas, también (y, por cierto,  diosas terribles y vengativas).

No vengas  a decirme que mi caja de sombras de colores es un juego al sistema patriarcal; que soy frívola yo, con mis afeites.  No seas impositiva y castrante como aquello que criticas. No seas rígida, permítete la flexibilidad y los matices. No exageres.  No hay nada malo en sentirse hermosa.

Mírate ahí, Estela, hablando tanto en tu camisa amarilla, preciosa, que resalta el color de tu piel. No me vengas con cuentos de camino.

Escena 2

Me miro en el reflejo de la ventana del metro, rumbo a mi clase. Me ajusto la bufanda “fuchaaaa”  y me río, sola. Un mínimo gesto, un trapo de color, bastó para cambiarme el día. A veces no hace falta más nada. Ser mujer es también jugar al artificio y la vanidad (a veces, sólo a veces). Pandora lo sabía mejor que nadie y abrió una caja que, hasta hoy, define el mundo.

Ser mujer es un poder. Un secreto poder.

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