“Tú también sabes que todo lo que mis ojos ven y que toco conmigo misma, desde todas las distancias, es Diego. La caricia de las telas, el color del color, los alambres, los nervios, las lápices, las hojas, el polvo, las células, la guerra y el sol, todo lo que se vive en los minutos de los no-relojes y los no-calendarios y de las no-miradas vacías, es él. Tú lo sentiste, por eso dejaste que me trajera el barco desde Havre. Donde tú nunca me dijiste adiós”. (Extracto de una carta dirigida a Jacquelline Lamba, esposa de André Breton y presunta amante de Frida Kahlo.)

por Marian Cerrada

Si algo llamó mi atención acerca de Frida casi por encima de su propia pintura fue en definitiva ese amor obsesivo por Diego Rivera, amor que se desborda más de lo que ya se conoce en las páginas de un diario íntimo atípico para la época en que fue elaborado y que narra los últimos diez años de vida de la mujer-mito mexicana. Es en 1944, después de un gran número de problemas de salud que Kahlo sufrió de hecho hasta el final de sus días, que este diario comenzó a tomar forma mezclando sin mesura diferentes discursos que eran los que le permitían valerse del arte literalmente como bastón; como la mejor terapia.

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Me atrevo a decir que Frida tuvo desde el principio una visión del diario como espacio ideal para desarrollar su proceso creativo. Quizás una de las cosas que apoyen esa presunción es que comercialmente (el diario fue editado para su publicación en 1995) ha llegado a ser presentado como El Diario Ilustrado de Frida Kahlo y no es para menos cuando reúne setenta acuarelas, esbozos rápidos e innumerables autorretratos que danzan de una página a otra complementados con poemas y juegos de palabras. Sin embargo, una de las características más llamativas de los facsímiles es la redacción constante de cartas, la mayoría de las veces dedicadas a Rivera. En una de esas tantas cartas, ella le declara:

“Tú te llamarás AUXOCROMO el que capta el color. Yo CROMÓFORO — la que da el color. Tú eres todas las combinaciones de los números. La vida. Mi deseo es entender la línea la forma la sombra el movimiento. Tú llenas y yo recibo. Tu palabra recorre todo el espacio y llega a mis células que son mis astros y va a las tuyas que son mi luz”.

Este diario es para mi, además de la última súplica de piedad hacia la enfermedad, la más pura declaración de amor que utiliza al arte como código. La experiencia de enfrentarse a esta crónica puede generar tanto asombro como angustia, sobre todo cuando el avance de las fechas devela cómo esta mujer que se proclama como “la que se parió a sí misma” (esto propiciado por la inconformidad que le producía no poder tener un hijo) va construyendo la idea de que aunque Diego estuviera a su lado, nunca lo tuvo del todo. Resulta abrumador el contraste entre la osadía de la artista dentro y fuera de su cuaderno-cofre (dentro: el uso de múltiples lenguajes desafiando el concepto de diario íntimo que recién llegaba a Latinoamérica; fuera: sus enlaces sentimentales con otros hombres y también con mujeres en respuesta a las infidelidades de su marido) y su sumisión ante una figura a la que suplica por atención y afectos. Ya en su peor momento, confinada a una silla de ruedas y a ese corsé de yeso que lograba aliviar un poco el dolor en su columna vertebral, Frida comienza a abrazar la idea del final sin dejar de esperar todo de su héroe, el célebre muralista que la lanzó a la fama:

“Si tan solo tuviera cerca de mí su caricia. (…) me haría más alegre, me alejaría del sentido que me llena de gris. Nada ya sería en mi tan hondo, tan final. Pero cómo le explico mi necesidad enorme de ternura! Mi soledad de años. Mi estructura inconforme por inarmónica, por inadaptada. Yo creo que es mejor irme, irme y no escaparme. Que todo pase en un instante. Ojalá.”

Diarios de Frida Kahlo

Casi diez años después de haber emprendido su viaje de acuarelas, tachaduras y cartas sin dirección de destinatario, a Frida le quitaron parte de una pierna y con ello se fueron instantáneamente las pocas ganas que le quedaban de vivir. En sus últimas entradas se instaló un discurso suicida que se veía apaciguado por la ilusión de que Diego estuviera siempre necesitándola, hasta que las alas terminaron por romperse y ella complaciente alcanzó a decir “Espero alegre la salida — y espero no volver jamás-”.

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