Estuve maravillada, no me enamoré, fue una sobredosis de dulce y éxtasis que me mantuvo en un orgasmo cotidiano, eso fue todo; y aunque está muy mal visto involucrarse con hombres comprometidos, no planeo entrar en debates que involucren la moral y la ética, esa parte no me corresponde a mí.

                                                                                                              Sofía V. Topete para Textos Culturetas

Imagen “Los Amantes” de R. Magritte (1928)

Aquel día, portaba su anillo de casado, meses más tarde optó por no usarlo, supuestamente lo había perdido. A pesar de haber estado dos horas platicando frente a frente, no logro recordar el color de su corbata. Seguramente la botella de vino rojo más los cócteles que le sucedieron, nublaron mi memoria. Aunque resulta curioso, pues sí recuerdo claramente como de un sólo movimiento con su mano derecha pudo aflojar la corbata de su cuello y deshacerse de ella, para luego acercarse a mí y tomarme de la mano para iniciar el recorrido por aquel laberinto que nos dejaría exhaustos.

No puedo definir sí aquel día inició todo, pues desde mucho tiempo atrás yo ya lo veía con distintos ojos. Siempre procuré ser discreta, pues a pesar de todo, él era mi jefe y nuestra relación laboral ya llevaba más de un año; no quería arruinarlo, pues realmente me gustaba mi trabajo. Sin embargo decidimos dar el salto.

Su nombre, indeleble en mi piel, me recordaba a las batallas que había perdido y aun así lo sigo pronunciando en silencio, porque sabrán que todo fue un secreto, en donde jugamos a ser cómplices.

Me acostumbré a sus líneas y a su voz incansable que pronunciaba de mil formas una misma definición –como me gusta utilizar palabras con el prefijo in– estudié y analicé cada una de sus miradas, y llegué al incesante pensamiento de querer estar con él. Pero no era sencillo, muchas veces caí en artilugios morales que fui soltando mientras leía sus mensajes en los que expresaba sus deseos de estar de nuevo conmigo.

Miraba de reojo la copa sobre la mesa, moría de sed. Quería un solo trago que me quitara sus suspiros que me hacían brillar, al girarla en mi mano solía detener mi atención para aprender cómo iba desglosando los sabores y los aromas que cada trago le inspiraba, y mi óptica volvía chocar contra la suya, creando pequeñas gotas de sudor que recorrían mi espalda y que por un segundo me hacían comprender la complicidad que habíamos estado jugando desde que todo comenzó.

Anhelaba tener una fórmula secreta para detener el reloj de arena que comenzaba a avanzar en cuanto él daba el primer paso y me pedía cruzar ese laberinto en el que volvíamos a caer una y otra vez hasta que el agotamiento nos detenía; no, miento, hasta que el reloj decidía torturarme y recordarme que existía un: Basta, su tiempo se acabó.

Comienzo a extrañar su paciencia infinita para explicarme que un punto A puede llegar a un punto C, sin pasar por el B. Me desconcierta la idea de su omnipresencia, y recuerdo la geometría euclidiana y su quinto postulado que me hace pensarnos como dos líneas rectas paralelas que nunca podrán unirse.

Perdimos el sueño, y es ahí donde considero que pudo haber iniciado todo. Sí, en ese momento en el que recurrimos a pastillas inservibles, engañándonos invariablemente, porque solamente él y yo poseemos esa receta que nos devolverá la habilidad para dormir.

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