La vida de casada es completamente distinta a la vida antes de ser suya (legalmente). Antes era su novia, título que aún llevo porque me gusta enaltecer mi experiencia al desdoblarme entre las sábanas.

Soy la mujer satisfecha del cocinero, me prepara, me sirve y me come. Yo, degusto cada centímetro de su complexión y saboreo sobre el paladar el licor de su fisionomía, me limpio la boca y sin hacer mucha digestión, pido un postre que sacia la gula interna.

Así voy rodando por toda la habitación, soy el mise en place, soy el aperitivo y jamás negaré mi condición favorita de ser el amuse bouche, ese que tanto le despierta la hambruna por merendarse lo que se esconde entre piernas.

Me amasa de pies a cabeza, me estira, me voltea y entre volteretas, un polvo, dos polvos, tres polvos y de vuelta al horno. Calienta, cocina, muerde.

Se queda el cuerpo húmedo e intacto mojando la cama, se infla el pecho tratando de recuperar el aliento, se escapa un murmullo que pide una probadita del elixir que es dar y recibir placer.

Soy la mesa perfectamente servida, soy todos los platos a degustar, soy el vino que lo embriaga, soy el postre que embadurna el paladar entre azúcares y chocolates.

Soy la  mujer del cocinero.


Imagen detalle de “El jardín de las delicias” del Bosco


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