“El año que conocí a María vaticinaron el fin del mundo.”

Así comienza la primera novela de la periodista, traductora y poeta colombiana Gloria Susana Esquivel. Publicada este año por Alfaguara, se titula Animales del fin del mundo, y Esquivel cuenta que tardó cinco años en escribirla (y yo que me dejo comer por la ansiedad y empiezo a llorar cuando paso tres meses sin poder escribir). El libro está narrado desde la perspectiva de Inés, una asustadiza niña de seis años creciendo en Bogotá durante la década de los ochenta. Vive con su mamá, sus abuelos y Julia, la señora del aseo, en una casona de esta ciudad en la que la violencia es cotidiana y los miedos infantiles son  exacerbados por la volátil imaginación de Inés.

Tras una sorpresiva explosión, que puede ser también metáfora de cómo a partir de ese momento empiezan a ocurrir una sucesión de explosiones familiares, personales y emocionales en la vida de Inés, aparece María, la nieta de Julia, quien se convierte en la primera amiga de la jovencísima protagonista.

Animales del fin del mundo explora un montón de temas que nos atraviesan a todas las mujeres durante nuestras vidas: el concepto de feminidad que nos inculcan desde pequeñas, la sumisión, el miedo, la complejidad de las amistades, el desarrollo y ejercicio de la sexualidad, los lazos afectivos y los patrones de apego. A través de una serie de metáforas con diferentes animales y de la caída de sus dientes, Inés va construyendo los recuerdos de su infancia.  

 

 

En la presentación del libro y algo llamó mucho mi atención. Fue la reflexión sobre la sexualidad infantil que plantea la novela. Un fragmento dice así:

Nos encerrábamos en el cuarto y nos tendíamos sobre un lecho de sábanas improvisado sobre el piso. Cada una se ponía un oso de peluche sobre el cuerpo y los abrazábamos y mirábamos fijamente como si estuviéramos enamoradas. Queríamos recrear esos momentos en los que los protagonistas se besaban con furia. Cuando las escenas románticas aparecían en la televisión, me invadía el impulso de sentarme en el borde de la cama, poner las manos a los lados cerca de las caderas, cruzar las piernas con fuerza y mecerme hacia adelante y hacia atrás, hasta que esa sensación placentera me arrastraba al sueño. Aferrada al oso de peluche, volvía a sentir ese revolotear tibio que irrumpía por la parte baja de mi espalda. María se ponía la mano en la boca y comenzaba a lamerla, como si su lengua fuera un salmón ágil batiéndose contra la corriente.

No es el único párrafo donde se trata esa primera exploración sexual en la niñez. En una conversación entre la autora y la también escritora Yolanda Reyes el día del lanzamiento, Esquivel dijo algo como “no es que los niños llegan a los quince años y se vuelven seres sexuales, los niños son seres sexuales”. Y aunque es algo en lo que no había pensado hasta ese momento, la sexualidad infantil se suprime y desde temprano se recriminan comportamientos completamente sanos, como la masturbación o la exploración de los sentidos, por considerarlos sucios o precoces, cuando el ser humano desde que nace es un ser sexual y durante su vida llega paulatinamente al desarrollo de las diferentes etapas de esta sexualidad.

Uno de mis elementos favoritos en Animales del fin del mundo es la manera magistral en que Gloria Susana Esquivel explora el panorama sensorial de los personajes. Creo que fue lo que más me hizo conectar con la novela. Ella se apropia del idioma de una forma preciosa para describir el universo de sensaciones de cada uno de ellos. Por ejemplo: “Las rodillas se me convirtieron en volcanes. Se habían reventado contra el concreto y de ellas manaban el ardor y la furia de la sangre como lava hirviendo. Quise romperme en lágrimas, pero la ira del volcán era mucho más poderosa”. La escritora se adueña del lenguaje, lo desdobla y lo emplea a su necesidad para describir un suceso tan mundano como la caída de una niña en la calle.  

Fotografía: Sandro Sánchez para RTVC

El padre de Inés es también una figura importante en la narración. La niña tiene una relación bastante interesante con la única figura masculina de su vida que no le inspira miedo, pues el abuelo es “la bestia”, un señor aterrorizante y con comportamientos violentos hacia la niña. El padre encarna la necesidad física y afectiva de Inés, que se traduce en unos celos voraces cuando ve su atención desviada hacia su madre o hacia María (y esto causa una situación detonante casi al final de la novela, que no contaré para no hacer spoiler).

Si tuviera que destacar tres aspectos de Animales del fin del  mundo para convencerlos de leerla, aunque creo que en su totalidad es un trabajo logrado de manera muy hermosa y consciente, señalaría: la descripción sensorial, este elemento es capaz de devolvernos a todos los rincones de la nostalgia que olvidamos de la infancia; el uso del lenguaje, que quizás me remite al primer punto, y que me gustó porque la narración está claramente influenciada por la experiencia poética de Esquivel. Los párrafos tienen su ritmo, casi como una canción o un poema, bailan por sí solos para construir la historia. Es una narración cargada de inflexiones en el discurso, por lo que en ningún momento se torna monótona.

Y por último, siempre he pensado que escribir sobre ser niño debe ser dificilísimo, porque el paso de los años empaña por completo ese universo que es la niñez, con sus dudas, sus miedos, su imaginación, sus juegos, la inmensidad con la que se siente todo cuando somos niños, y ella lo logró. Y lo logró muy, muy bien.

 

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