La ruta para mi sitio de trabajo hacía que a diario pasará por esa zona turística caraqueña de simple y puntual nombre: la calle de los hoteles. Este espacio de alto tránsito con todo tipo de fauna y a la espera de cazadores furtivos que se transportan en carros, motos o a pie, es un safari que se especializa en darle cobijo al deseo.

Un poco más adelante de la calle, se encuentra el Hotel Tiburón, espacio que siempre me despertaba suspicacia, alimentada por la entrada y salida de esa misma fauna a todas horas del día. Mucho tiempo pasó antes que los caminos me llevarán a pasar sus puertas. Fue en una cuasi reunión de despedida a un amigo, de esos tantos que decidía irse de Venezuela a buscar nuevos horizontes, la que nos llevo a consumir cualquier tipo de alcoholes que estuvieran dentro del corto presupuesto, y así tomar la desacertada la que me llevó al Tiburón.

No recuerdo quién habrá exclamado por un puti club, realmente no estábamos en un estado mental que nos permitiera poder aceptar esa realidad, o por lo menos en la vestimenta apropiada que de alguna forma, nos dieran la libertad de acceder a donde quisiéramos. Fue así que con mi experiencia de transeúnte diario por la calle de los hoteles, sugerí inocentemente pasar a ver qué tal, por lo menos ir a conocer esas opciones que nos ofrece la noche caraqueña en cuanto a diversión batituberesca.

Nos transportamos en carro, y conociendo los límites de la noche caraqueña, sus faunas que arrebatan, el miedo se iba moviendo un poco por los cuerpos de los pasajeros, hasta que simplemente decidimos olvidarlo y estacionar donde fuera menos obvio que éramos unos novatos.

Nadie nos ofreció cuidar el carro, ni ayudarnos a estacionar -lo que nos dio más nervio en una ciudad como Caracas-, algo así como si estuviéramos de alguna forma regalando esas ocho ruedas a la silenciosa y voraz hampa común.

El frío de la noche casi llegando a su alba matutina, y las fachas de algunos que estábamos en bermudas, de nuevo nos hizo poner en duda este plan. Sin embargo, el homenajeado, mostraba demasiado interés en pasar las puertas de neón de El Tiburón.

Allí en con las puertas iluminadas se nos daban la bienvenida a un espacio sumamente lúgubre, un pasillo de por lo menos 5 metros que nos transportaron a un espacio bastante amplio. El Tiburón parecía vacío en apariencia: nadie nos recibió, nadie nos impidió la entrada, lo que nos dio mayor suspicacia.

Al fondo del espacio era donde se congregaban todos estos seres que en algún momento llenaron el resto de El Tiburón, todos le rezaban a una bailarina, o varias, en diferentes posiciones y formas.

Un amigo y yo nos acercamos, por lo menos para ver la calidad de la mercancía que en los dientes de El Tiburón se alojaba. Nuestras expectativas eran demasiado altas, sumamente elevadas, motivadas por la cantidad de vasos que titilaban y movían las manos aplaudiendo y aupando a una bailarina pasada de años, de kilos, y de quien sabe qué más.

Definitivamente no era nuestra noche. Por lo menos no para contar una historia divertida y excitante. Fue así que nos tomamos par de birras, con las que algunos se rieron del espectáculo y otros decidimos solo ver, contemplar y olvidar que, en el fondo, solo éramos conejos inocentes a la espera de la noche, que si alguno se ponía payaso, capaz la noche nos presentara sus verdaderas garras, su verdadera cara que habíamos esquivado sin saberla.

Foto de portada cortesía de DJ Fuentes.

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