por El Mirón

No estamos acostumbrados a los personajes felices. Es más, puede decirse que los personajes felices no sólo no nos interesan, pues ¿qué tiene que contar alguien feliz?, sino que pueden llegar a resultarnos molestos. Al fin y al cabo, la felicidad, tiene algo inevitablemente obsceno, en el sentido de que no parece ser hecha para ser vista sino para ser vivida. Esto es un viejo tema cuyos ecos podemos rastrear en los versos de Píndaro, que desnudaba la peculiar marginalidad del dichoso, al decirnos que no sólo en la desgracia sino también en la fortuna se “busca unos ojos en los que confiar”.

Pocos son los retratos bien logrados de la felicidad en el cine. Casi siempre se trata de personajes masculinos que, como el “Zorba” encarnado por Anthony Quinn, se entregan a la vida, alcohol mediante, en una suerte de despreocupación alegre. A las mujeres, cuando se les retrata en un estado placentero, se las acerca más a la bondad moralizante o a una especie de liberación que casi siempre se presenta en términos sexuales y/o violentos.

Por eso me parece un increíble, raro y feliz acierto, del siempre agudo Mike Leigh, su  película Happy go luckyEste título recoge una expresión inglesa, difícil de traducir, que señala el estado de desinterés bien intencionado que tenemos cuando decimos que algo “me da igual” o “me importa un bledo”. Son muchos los logros de esta “comedia” que, vuelta a ver, se me hace incluso mejor de lo que ya me había parecido hace unos años.

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Es la historia de una mujer que representa una alternativa al estereotipo femenino más manoseado, pues aunque es asaltada no se victimiza; aunque está soltera a sus treinta no estalla en neurosis ni histeria; y, además, es capaz de hacerse cargo de sus complejos corporales riéndose de ella misma, como se muestra en ese momento en el que, delante de sus amigas –detalle importante–, se saca los rellenos que lleva en los pechos. Su relación con el mundo tiene claras connotaciones propias de la niñez, empezando por el modo en que se presenta a sí misma mediante un apodo: “Poppy”. Pero esta niñez no debe entenderse como una falta de madurez, sino como algo más cercano a la “jovialidad” que es, según Nietzsche, lo que debemos conquistar en nosotros para librarnos del aliento de pesadez de la vida moderna, cuyo dogma nihilista nos exige rigidez, consciencia y seriedad.

He allí la convincente felicidad de este personaje que no es el resultado de renunciar a lo difícil, ni de buscar narcóticos o alivios sustitutos. Su ligereza está en la capacidad de dejar ser a la realidad, tanto en su alegría como en su dificultad. Se retrata en este personaje una habilidad de relacionarse de modo no ególatra con el mundo. Es quizás el personaje urbano menos yoísta que podamos ver en los últimos años, pues se muestra libre no tanto de las dificultades externas, que son inevitables, sino de las ataduras internas. Es un personaje de una profunda espiritualidad, podría decirse, pero sin la más mínima connotación religiosa ni dogmática. Y todo esto se muestra sin banalizar ningún tópico de la vida contemporánea sino al contrario, exponiéndolos, ya que, frente a Poppy, aparecen desnudos los mecanismos de la violencia, extorsión, miseria humana y alienación propios de nuestros días. Sin embargo, ella sortea estos aspectos no tanto por ser autoconsciente de los mismos, sino por dejarse llevar por un instinto vital que es capaz de reconocer y atender los problemas que se le presentan sin desgastarse subrayándolos.

Mirada de cerca, sin duda, es una difícil y obscena película porque muestra de modo despreocupado nuestra capacidad de generosidad y trato libre que podemos tener con el mundo y con nosotros mismos. Posibilidad sin duda molesta en tiempos donde reinan las miradas de autocompasión y autocomplacencia.

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