Desde los años 90 y posiblemente desde antes, mi madre me llevó a museos. Muchas veces fuimos a ver exposiciones de arte contemporáneo y conceptual, por ejemplo, en Caracas fuimos al famoso salón Pirelli. De todos aquellos encuentros con el arte contemporáneo o mejor dicho, conceptual, a mi no me quedaba nada o me queda muy poco.

En esos años entendí que mi pintor preferido era Miró, quizás en aquella época porque me encantaba denotar con los títulos y llenar la información la obra, o posiblemente, porque los colores primarios utilizados en la obra del pintor catalán sí producían una experiencia estética en mi.

Desde que llegué a España a realizar mi master en Visual Design en la escuela ELISAVA me hicieron estudiar el arte contemporáneo. Luego de las grandiosas clases con Mira Bernabeu era una obligación que entendieras, así fuese por ósmosis, de manera natural, que si algo estaba en un museo era considerado arte.

El pasado fin de semana asistí a un seminario sobre Gilles Deleuze, a propósito de los 20 años de su muerte. Allí no solo se trabajó el tema del arte contemporáneo y cómo ciertos autores han realizado sus obras a partir de una interpretación “deleuzeana” sino que también, una ponente en particular, la profesora Laura Llevadot, puso en evidencia posturas que rebaten el arte contemporáneo actual.

Deleuze posiblemente no podría explicar ontológicamente el arte que se comenzó hacer desde los años 60, la vanguardia, el concepto, etc, porque ninguna de esas corrientes lleva el deseo de desterritorialización, solo lleva el deseo de la carga informativa que debe ser plasmada a través de un concepto o una metáfora y, que en el mejor de los casos, se convierta en una crítica social pero sin ser un objeto sensorial que remueva reflexión y la creación de un nuevo territorio en el espectador.

¿No es acaso el arte postcolonialista, el cine de Hollywood –en su área más genérica y taquillera-, claros ejemplos de que existe una narración que no nos deja pensar? ¿No es acaso la famosa obra de la exposición La Bestia y El Soberano en el MACBA, una banal crítica al colonialismo que estuvo inmersa dentro de una polémica lucha de poderes contemporáneos: una triangulación de afectos a dónde podría llegar esa información obviamente crítica: la monarquía, el pueblo y el museo?

La estética deleuzeana no está pasada de moda, el mercado nos ha impuesto los conceptos por encima de los bloques de sensaciones estéticas. No está mal que el arte trabaje conceptos como finalidad crítica pero no puede dejar de lado la estética, lo bello, lo que provoca una experiencia, ¿acaso el arte no debería movilizarnos a la reflexión y la creación?

El arte no ha muerto, pero se ha visto inmerso en la vorágine informativa y la utiliza como excusa para la creación de nuevos territorios: ocupado, reconstruido o habitado; una tensión que sólo puede satisfacer la intensidad de una acción creativa múltiple que no debe ser cercada por el mercado del arte contemporáneo.

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