Viernes 13 de noviembre de 2015. Son las 9:25 de la noche, nos sentamos en la terraza del Ninkasi con dos pintas en la mano. En un esfuerzo sobrehumano por entendernos entre mi precario francés y el castellano inexistente de mi interlocutor, el frío adormece mis manos y mis pies. Quisiera ir a casa, pero en dos horas y media cumplo 28 años. Mejor espero. Adoro el silencio de los franceses de la provincia. Amo su decencia y su capacidad para discutir acaloradamente sin gritarse los unos a los otros y sin que el resto del mundo se entere de sus conversaciones.

Pero algo sucede. El silencio se torna ensordecedor. Empieza un murmuro cuya velocidad pareciera acelerar de manera exponencial. Todos los móviles se encienden, todos parecen recibir la misma llamada. Todos se llevan la mano a la boca, a los ojos, a la frente. Mi compañía también recibe una llamada. Yo soy la única que no tiene señal, yo no me entero de nada, pero estoy segura de que algo sucedió, algo tan potente que afecta simultáneamente la vida de las 60 personas que tengo alrededor. Las mujeres empiezan a maldecir. Los hombres se ponen de pie, mano en la cadera, teléfono al oído. Entiendo algunas palabras sueltas: “¿Dónde está tu madre?”, “¿Llamaste a Baptiste?”, “¡¿Qué hora es?!”

Me doy cuenta de que es grave. Los coches se detienen en la zona de llamada de emergencia, y los que no se detienen aceleran de modo suicida. Mi colega comienza a llorar. Recibe una llamada que es para mí. Es mi mejor amigo, que con voz de pánico me dice sencillamente: “Bombardearon París”. Se hace el eco en mi cabeza: “Bombardearon París. Bombardearon París”. Me conecto al WiFi inmediatamente. Hago las llamadas pertinentes. Reviso las noticias: Bataclan, ISIS, Estadio. Todo por fragmentos. Pasa que cuando lo inaudito se hace palpable, es muy difícil estructurarlo en una línea de pensamiento lógico, ves lo que te rodea con una lentitud cinematográfica que desespera. Es real, sucedió.

Lees los titulares: “Mayor ataque al suelo francés desde la Segunda Guerra Mundial”, “132 víctimas mortales, 352 heridos”. El cinismo que caracteriza al venezolano se me activa de manera imperdonable y pienso: “bueno, en Venezuela hay una tasa de homicidio de 62 por cada 100 000 habitantes, pero es Venezuela. El trozo de la torta que le ha tocado a Siria en la Primavera Árabe lleva más de 210 000 muertos desde el 2012, pero es que son árabes que viven matándose y las cifras de mortalidad en África han transformado a la población en un sistema numérico asqueroso y en una reducción del continente a la etiqueta SIDA. ¿Por qué la histeria?”.

Resulta que la histeria tenía un trasfondo político que tardaríamos 48 horas en ver crecer desmesuradamente gracias al Nacionalismo Francés y al espaldarazo napoleónico que protagonizaron todos y cada uno de los residentes del país. Eran las 10:00 pm y todos los bares cerraban poco a poco en una coreografía fúnebre, acompañada con la iluminación paulatina de todas las ventanas de la ciudad a punta de velas que encogían el corazón del más escéptico. Silencio en las calles, silencio en el metro. Nos montamos en el segundo vagón que tarda en cerrar las puertas. Dos árabes entran en una disputa física en el primer vagón y todos salimos corriendo del vehículo. Desconfiamos los unos de los otros, nos vemos a los ojos sin reparo, escudriñamos los zapatos y los paquetes bajo el brazo de todos los que nos rodean. Era la primera vez que sentía en carne propia el sinónimo de la palabra “terror”. Era la primera vez que sentía el peso de mi pasaporte en el interior de mi bolso, como un corazón de Poe, temiendo que los que me rodeaban supieran que mi nombre era Sirio, aunque mi pasaporte dijera Venezuela.

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Llegamos a casa y abrimos tres latas de cerveza. ¿Feliz cumpleaños a mí? No, no estábamos celebrando. Estábamos intentando menguar el miedo calado en los huesos. La calle está desierta, nadie habla, nadie bebe, nadie grita. Todos esperamos otra detonación, esta vez cerca, esta vez encima de nosotros. Una detonación que no llega nunca. Recibo otra llamada: “Cerraron las fronteras, ¿Qué vas a hacer?” Respondo sin miras: “Yo me devuelvo a Barcelona, sea como sea”. Llevo toda mi vida siendo extranjera en todas partes. En Venezuela nos llamaban “los turcos” y en Siria nos llamaban “los americanos”. En Barcelona soy una Sudaca más, “aunque tienes carita de mora”. Tenía pánico de llegar al aeropuerto, sentía una culpa que no me pertenecía, pero que me estigmatizaba desde lo más profundo.

Al día siguiente la tristeza cubría todo, como la polución en Santiago, como la humedad en Barcelona. Tomo mi mochila y me monto en el tren. Tengo miedo de que me culpen por algo tan lejano. El aeropuerto está a rebosar y todos quieren irse lo antes posible del territorio francés. En mi cabeza sólo habían preguntas infantiles: “¿Qué significa que hayan cerrado las fronteras?”, “¿Si se ponen agresivos a dónde me mandan? ¿Sabrán que tengo identidad en Damasco?”. Check-in, Duty Free, fila de embarque. Me doy cuenta que hay dos puntos de control donde me pedirán pasaporte y lo sellarán. Me tiemblan las manos al entregarlo, el agente de seguridad mira mi nombre, mira mi cara y vuelve a mi nombre. Cuchichea con su compañero, sale de la cabina, muestra mi pasaporte a un agente militar, me miran de arriba abajo. Vuelve a la cabina, y me desea feliz viaje sin el más mínimo atisbo de felicidad. Respiro profundo y sigo caminando. Ya en la puerta de embarque hay otro punto de control. Me piden de nuevo mi pasaporte y al mirarme a los ojos me piden que me separe de la fila, que alguien vendrá a hablar conmigo. Debo quitarme los abrigos, tengo demasiado calor y estoy sudando como si fuera verano. Mi impulso es arremangar la camisa por encima de los codos. Mis tatuajes quedan expuestos. El inspector que me interpela es delgado, alto, moreno, muy cordial. Me explica que es rutina, que debo entender las circunstancias. “¿De dónde viene?, ¿Para dónde va?, ¿Dónde está su visado?”. Explico mi circunstancia y después de varias conversaciones por radio me devuelven mi identificación. “Que tenga feliz viaje, mademoiselle”.

Ya sentada en el avión, con los ojos cristalinos, extraño saber rezar o dar gracias a algo. Despegamos y me quedo profundamente dormida. Al aterrizar, mis ganas de besar el suelo asqueroso de Barcelona eran más fuertes que mis ganas de fumar. Hogar, dulce hogar. Las noticias del domingo 15 de noviembre eran espantosas: Francia había iniciado el bombardeo sobre el territorio norte de Siria, dominado por las fuerzas insurgentes de ISIS, un territorio que representa el canal de tráfico y comercio más importante del territorio árabe. Pareciera casual que Turquía también colindara con él, y que fuera una extensión dominada por la antipatía al gobierno de Al Asaad. Recordé lo que siempre se discutía en la sobremesa de mi casa: Estados Unidos entrenó a los grupos terroristas del Oriente Medio para boicotear los gobiernos que otras administraciones habían colocado en el poder por estrategias diplomáticas. Bin Laden, 11/S, todo era una estratagema macabra para controlar la explotación de gas natural y petróleo, sin miramientos sobre las consecuencias a la población civil o la destrucción del patrimonio histórico. Esta vez se les fue de las manos. ISIS es el Frankestein de los gobiernos Occidentales, y nadie se da cuenta; el Islam se ha transformado en el chivo expiatorio del mundo y la mediocridad internacional alimenta el inconsciente colectivo de una humanidad que se rehúsa a hacerse una idea propia, mínimamente enciclopédica.

¿Cuántos de los que juzgan a todos los árabes como musulmanes violentos se han tomado un minuto para leer el Corán?, ¿Quienes se han sentado en una carnicería del Barrio del Raval y han preguntado, por curiosidad, por qué todas dicen Halal?, ¿Quién es capaz de distinguir las distintas ramas del Islam y entender, por ejemplo, que una venezolana occidentalizada hasta el tuétano, puede ser 75% Drusa?, ¿Cuántos han visitado una Mezquita y han sentido ese frío en el corazón cuando te sientas a rezar? Es que puede más la comodidad de un feed de Facebook desde el comedor de tu casa que el deber humano de salir y conocer al que vive en frente. Ha sido más potente la manipulación mediática y la transformación de los árabes en terroristas absolutos que la conciencia histórica de que a ellos se les debe, como mínimo, el sistema numérico, o que se han matado más seres humanos en nombre de Dios que en nombre de Alá, quienes al final son la mascarilla de gobernantes cuya avaricia se escribe con sangre.

Si mi abuelo no se hubiera montado en ese barco hace 63 años yo no estaría aquí escribiendo esto. Si Venezuela no hubiese amparado a tantos árabes que huían de la precariedad, muchos de nosotros estaríamos durmiendo en campos de refugiados. Si Venezuela no hubiese recibido con los brazos abiertos a tantos españoles durante la guerra civil, tantos otros venezolanos no podrían hoy estar empezando la vida de cero en España, huyendo del naufragio del paraíso caribeño. Aún así nos llaman turcos, sudacas y gallegos. Aún así hoy en día seguimos etiquetándonos y rechazándonos los unos a los otros; aún así la sangre llama más y estamos condenados a repetir incesantemente la historia de nuestros antepasados.

Hoy me siento en mi escritorio, es invierno en Barcelona, y me encantaría estar en Sweida, en casa de mis tíos, ayudando a mamá a hacer las arepas que tanto le gustaban a mis primos, mientras mi abuelo baja uvas de la parra de enfrente y todos tomamos café, en ese sincretismo absurdo que sólo los extranjeros conocemos tan bien.

(Fotografía de portada por Eye In Focus Photography)

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