En Patria o muerte, Alberto Barrera Tyszka establece una magistral relación entre lenguaje y situación política. Congrega testigos con historias que tienen múltiple significación para todos.  Los habitantes de un edificio caraqueño y las redes que se tejen en una sociedad que lleva la incertidumbre como identidad. Su lectura necesariamente nos hace protagonistas de esta metahistoria que ocupa el siglo XXI venezolano.

Barrera Tyszka mediante el lenguaje, reconstruye, nombra lo que no está, reconstituye la realidad ausente (como menciona Piglia), nos hace testigos, nos contagia con esa violencia epidémica.  El lector se pregunta si quizás no se encuentra ante una obra de ficción sino ante una crónica.  Escuchamos quizás al vecino, al compañero de la cola en el supermercado.  Es la demostración de la imposibilidad del aislamiento. Cuando se vive en un régimen como este, se es víctima y victimario, no se puede ser ajeno. Entre sus páginas encontramos sentencias: “Ser ciudadano era, de alguna manera, ser sospechoso”, “Todos eran preculpables”.

Esta novela ganadora del Premio Tusquets 2015 nos invita a percibir, de una forma muy nítida, la vida cotidiana en Venezuela y la intimidad de sus habitantes. Aquellos que sienten “que la vida también podía ser tan sólo el eco de un disparo”. No es sólo lo que cuenta, sino cómo lo cuenta. T. S. Eliot, en su crítica literaria, declaró que la única manera de expresar la emoción en forma de arte era encontrando el correlato objetivo.  Es decir, un grupo de objetos, una situación, una cadena de acontecimientos que habrán de ser la fórmula de esa emoción concreta; “de modo que cuando los hechos externos, que deben terminar en una experiencia sensorial, se den, se evoque inmediatamente la emoción”.  Y es lo que ocurre cuando nos adentramos  en la realidad de la pequeña María, o de la Tierrúa o en las cavilaciones del Dr. Sanabria.

patria-muerte-alberto-barrera-masaria
Foto vía Instagram @masaria

Barrera Tyszka nos narra un epílogo en el que dialogan las emociones exaltadas, burladas e insultadas por la charlatanería como instrumento del Estado. Las historias que se tejen en torno de un agonizante presidente que construyó “un Estado Parlante, un Estado Eclesial que hizo de su lengua: su gobierno”. Chávez dio un giro a la narrativa de los desposeídos, vendió la ilusión que pertenece a ese tiempo inexistente, el futuro.  La ilusión de ser una probabilidad, hoy con el líder embalsamado, ha desaparecido  en una abrumadora miseria, “su temperatura verbal estaba por encima de su realidad: sólo había ganado las elecciones en un país petrolero. Nunca había enfrentado un peligro inminente en una acción militar. Era un funcionario, no un guerrillero”. Para ello, este moribundo construyó una identidad, como leemos en Patria o muerte:  “un país en crisis, sin otra identidad que la incertidumbre”, “La incertidumbre también es una forma de violencia”. La incertidumbre de un líder y sus últimos momentos, la incertidumbre de un Estado construido a base de charlatanería, la incertidumbre de unos habitantes víctimas de esa maldita epidemia que se desencadenó con la palabra.

Todo aquel que asuma el riesgo de adentrarse en esta realidad, debe hacerlo con la conciencia de también ser partícipe y la imposibilidad de ser ajeno una vez finalizada su lectura.

Bienvenidos a la Venezuela del siglo XXI.

 

No seas egoísta, comparte:
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •