Siempre diré que entre las mejores cosas que me dejó vivir tres años en Bogotá están un inmenso agradecimiento por los cielos azules (que damos por sentado tenemos toda la vida hasta que vivimos en una ciudad permanentemente gris y lluviosa), los buñuelos, la vista del atardecer cayendo sobre la Plaza Bolívar y la poesía de Piedad Bonnett.

A veces me intimida hablar o escribir de poesía. Razones, varias: no estudié letras ni literatura, no soy una erudita, seguramente no he leído lo suficiente y mi criterio poético es más emocional que académico. Yo me acerco a la poesía que me hace sentir algo. Pero, como un efecto dominó, también he descubierto que una poesía me ha ido acercando a otras partes, un autor ha sido el salto a otro y así, todo lo que he leído hasta ahora, desde lo más sencillo hasta lo más complejo ha sido una secuencia en mi propio crecimiento literario.

A Piedad Bonnett la descubrí en el 2016, el día de la inauguración del festival literario Las Líneas de su Mano, en Bogotá. Quisiera recordar con más detalles esta noche pero solo me quedo con lo necesario: yo estaba sentada en la segunda fila de la audiencia con una amiga y habían varios poetas leyendo trabajos propios y cuando leyó Bonnett se me erizó la piel. Había crudeza en sus palabras, un dolor delicado, un grito mudo que te deja en el suelo, poemas que impresionan a cualquier lector.

Ahí empezó todo. Uno de sus poemas me desarmó y un par de semanas después estaba en la librería Panamericana comprándome un libro muy gordo que pesa más que todos mis errores sentimentales. Piedad Bonnett. Poesía reunida (Lumen, 2015) es una antología a la que he vuelto una y otra vez estos últimos dos años. Una antología que está firmada en la página de mi poema favorito (De círculo y ceniza) y que, cuando tímidamente le pedí que me firmara en esa página específica, hizo que me mirara a los ojos y me dijo “hija, ¡cuánto amor! ¡Esto lo escribí cuando tenía como veintidós años!”. Una antología que está subrayada, marcada, llorada y llena de anotaciones, que me enseñó a querer Bogotá en medio de sus ambigüedades y su –a ratos– decadencia.

Este año, al mudarme de continente, fue uno de los dos libros que se ganaron un puesto privilegiado en mi maleta con sobrepeso.

Recientemente me regalaron la compilación Piedad Bonnett. Poesía selecta, editada en el 2015 por Luz Eugenia Sierra como parte de su colección Poesía letra a letra. El libro empieza con un prefacio titulado Palabras de la editora, en el que Sierra escribe: “Su palabra es temperamento energético. No hace concesiones. Es su modo natural de timbrar. El poema sostiene un decir despojado; es furioso, hiriente, crudo, nervioso, franco, iracundo (…). Nada la conforma, ni verdades supuestas, ni firmes principios, ni convenciones ni credos. Piedad Bonnett nos deja impíos, pero también lúcidos”.

Me gusta esta edición porque el ejercicio de acercarse a un extenso trabajo poético a través de los ojos de otro me parece sumamente interesante: me hace preguntarme qué poemas escogería yo si en mis manos estuviera esa tarea, y qué predisposiciones, motivos o condicionamientos de Sierra influyeron en la compilación de esta obra en particular.   

En Piedad Bonnett. Poesía selecta hay poemas de Explicaciones no pedidas (2011), Las herencias (2008), Tretas del débil (2004), Todos los amantes son guerreros (1998), Ese animal triste (1996), El hilo de los días (1995), Nadie en casa (1994) y De círculo y ceniza (1989). En total, hay 47 poemas, dato completamente irrelevante si nos preguntamos de qué sirven, realmente, los números en la poesía. De qué sirven las cuentas o las secuencias que poco hablan de qué poema nos hizo llorar o cuál nos dio un revolcón de adrenalina en la barriga para seguir peleando a patadas un día particularmente duro.

Otro aspecto interesante es la elección de presentar los poemas de lo más recientes a los más antiguos. Mi otra antología, Piedad Bonnett. Poesía reunida compila los trabajos como estamos acostumbrados: de manera cronológica, empezando por la obra temprana y terminando en la más reciente. La elección de Sierra es un poco como conocer a alguien de viejo (con todo respeto) y que te vaya contando su vida en reversa, a diferencia de conocerlo de joven e ir viendo cómo se desarrolla esa misma vida.

En la edición de Sierra no hay poemas –asumo que por cuestiones de tiempo– de Los habitados, el más reciente poemario de Bonnett. Los habitados fue publicado en la Colección Visor de Poesía, además de obtener el XIX Premio de Poesía Generación del 27. El libro tiene de portada una imagen de Clemencia Echeverri en la que se ve una ventana abierta pero con rejas, en la que el espectador no puede ver qué hay fuera: está todo negro. La ventana está enmarcada en una pared deteriorada, envejecida. 

Piedad Bonnett

Una imagen que, como la obra de Echeverri, transmite una evocación a la memoria y a la búsqueda del recuerdo y a la vez del olvido en la decadencia de los espacios.  

Los habitados explora el laberinto de la enfermedad mental sin romantizar, sin disminuirla, sin esconderla entre metáforas rebuscadas. Es una publicación en memoria a su hijo Daniel, cuya primera parte recoge poemas en torno al universo poco entendido (y bastante tabú) de las personas que padecen una enfermedad mental. La segunda parte es autobiográfica en ella observamos el retrato bastante doloroso y sereno, del duelo de una madre.

Me gusta más esta segunda parte, que titula Noticias de casa. Reúne poemas íntimos, que dan cuenta de la vida de una familia después de la pérdida. Es como si Bonnett le estuviera escribiendo a su hijo, contándole qué ha pasado en su ausencia, qué visitantes han llegado a quedarse en su habitación, le escribe sobre las fechas que se convierten en aniversarios dolorosos y sobre la muerte. Lo busca en los versos, en sí misma, en el recuerdo. Lo evoca en el vientre materno y en los ojos de los transeúntes aleatorios que lo vieron por última vez.

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