Hace horas que terminé de trabajar, me serví un vino y me dispuse a descansar. Pero mi cuerpo parecía más molido que de costumbre. Dificultad respiratoria, deshidratación y dolor de cabeza. Cualquier parecido con un día post-fiesta, es mera coincidencia… ¿O no?

No hace falta ser Freud para saber que quienes odiamos el día de San Valentín es porque nunca hemos celebrado uno ni hemos tenido razones para hacerlo, aún cuando miráramos de reojo las rosas mal-paradas en las esquinas de la ciudad.

Pero con años de experiencia, sobrevivir el día se vuelve más sencillo.

Cuando estás por cumplir 30 te das cuenta de que es 14 de Febrero por razones aleatorias, como hacer una transferencia o apagar una alarma. El problema empieza el día después.

Cuando sigues despertándote solo, cuando no existen copas vacías sin lavar en la cocina o cuando te encuentras en el baño revisando Tinder y despotricando porque nadie es lo suficientemente bueno para ti; entonces te cae el balde de agua fría.

Estás irresolublemente solo. Tu madre tiene 60 años y un proyecto nuevo por el que te cuelga la llamada a los 5 minutos, tu hermano te pone a tu sobrino en la llamada para que veas lo guapo que está mientras ayuda a su mujer a hacer el almuerzo, tus amigos están viendo películas con sus parejas, y tu perro duerme tan plácidamente que te gruñe si te atreves a subirte a la cama.

Miras para atrás y te das cuenta que la libertad que batallaste con dientes y uñas por tener, resultó ser una prisión más. Un terreno baldío que se cierne sobre sí mismo y te deja con un pitido en las orejas.

No, no fue que desaprovechaste las oportunidades, ni que el amor te rehúye. Sencillamente las prioridades se organizaron de tal manera que, en medio del éxito, estamos cada vez más solos. Y la soledad engatusa. Es el egoísmo disfrazado de comodidad, son los miedos escondidos detrás de la autonomía.

“Eres un ser gregario, acéptalo”, me dice mi mejor amigo. Y yo, que cada día tolero menos la estupidez en la calle, pienso que quizás es que he leído muchos clásicos de amor, donde emparejarse no es un acto de azar ni mucho menos una escapatoria para los demás problemas. Decidir enamorarse (porque sí, es una decisión consciente) está basado en la satisfacción de los placeres más perversos, y la negociación de todo lo demás.

Entonces días como hoy se me ocurre, que la resaca del Día de San Valentín se resuelve como una resaca cualquiera: mucho agua y otra botella de vino.

 

 

 

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