A mis 29 años me enteré oficialmente de que no podía tener hijos, no era un tema de infertilidad, sencillamente tener una enfermedad cardiaca severa no me lo permitía. Quedar embarazada quizás se me haría fácil, pero el problema, en mi caso, sería una gestación de alto riesgo.

El día que mi cardióloga me lo dijo, lloré desconsolada. Desde los 20 años había pensado que lo mío no era tener hijos pero que me dijeran rotundamente que no podía me dejaba sin posibilidad de elección. Vivir en la dictadura de un músculo que late y su enfermedad. La ratificación de que ningún cuerpo es perfecto.

Mi depresión duró un día, quizás porque me lo esperaba, porque no era mi lucha conseguir ser madre, sin embargo, los juicios por no tener hijos a mis casi 35 años me persiguen constantemente, más aún si explico muy panchamente que “no puedo”. Para todas mis amigas católicas “los milagros existen”; para mis “amigas” ignorantes es “inconcebible, es como no ser mujer” o, peor aún, “ya llegará la persona con quién quieras tenerlos”. Para mis verdaderas amigas, la lucha es la misma que la mía: “y si tenemos hijos o no, ¿cuál es el problema?”.

A principios de año la norteamericana Belle Boggs publicaba en castellano El arte de no desesperar cuando no estás esperando (Seix Barral, 2018), un ensayo autobiográfico que pone en evidencia un tema tabú como lo es la infertilidad, la reproducción asistida, la “no fiebre” del bebé, la adopción, los abortos involuntarios o la difícil lucha de esas mujeres que deciden embarcarse en tener hijos sin desesperarse por lo difícil que puede significarles fisiológicamente.

“El arte de no desesperar cuando no estás esperando” de Belle Boggs

Boggs no solo se adentra personalmente, sino que deja en evidencia cómo ese “sigue intentándolo”, como ella misma afirma, venera la cultura de la paternidad. ¿Acaso todas y todos debemos ser padres? El libro nos acerca irremediablemente a los animales, cómo el cortejo y la procreación es algo intrínseco de los seres humanos por nuestra condición animal. A su vez, denuncia cómo la infertilidad afecta a ambos sexos ‒una de cada ocho parejas tiene problemas para concebir, según Boggs‒, cómo las grandes farmacéuticas se nutren de esta cultura: “siempre hay un tratamiento que intentar”, además que si te das por vencida,  el negocio y la burocracia que implica querer adoptar es impagable.

Sin embargo, para mí lo más importante del libro y de todo lo que denuncia y desmitifica, es el aislamiento social, ya sea por la búsqueda o por frustrarte y asumir la derrota de una posible maternidad. Si en Mad Men el gran problema de Don Draper era no sentir que pertenecía, cuando no puedes tener hijos o no quieres tenerlos, el gran problema es el mismo: no pertenecer a la norma, a lo normal.

Hace dos semanas, entre en un baby shower y un cumpleaños infantil de los hijos de mis amigos, entendí esa “no pertenencia”, ese no tener la fiebre del bebé, que no implica que no te gusten los niños; sencillamente no sabes de qué hablan los padres, no te interesa y, al mismo tiempo, eres rara, no tienes hijos, no te asocian con tu hijo y quizás no hablen contigo porque no eres madre. Suena dramático pero simplemente ese no pertenecer a lo normal establecido en la cabeza de todos te aísla.

El arte de no desesperar cuando no estás esperando no solo es para mujeres que lo han intentado todo en la lucha de quedar embarazadas, también narra las opciones para las parejas o familias LGBTI, es una lectura general que aboga por hacer visible una problemática que es biológica pero que se intensifica por los prejuicios culturales; también es una lectura sensata para “imaginar el futuro no solo como forma de huir de la realidad sino también de cortejarla”, tener un bálsamo como regalo para seguir en la lucha de la espera.

 

Imagen de portada: Henry Ford Hospital o La Cama Volando, de Frida Kahlo. 1932. | Imagen de la Colección Dolores Olmedo, Mexico D.F.

 

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