Se despide la intransigente Sofía Ímber.

“Se murió Sofía Ímber. ¿Puedes hacer tú el texto?”, me dice la editora, sin saber que me acababa de dar una patada en la boca del estómago. En dos segundos se fueron al caño todas mis esperanzas de algún día poder sentarme a escuchar cómo se surge en cultura, de la boca de una pionera.

Son pocos los que entienden mi devoción por Sofía Ímber (Moldavia, 8 de mayo de 1924). Una mujer que, durante los últimos 17 años ha sido retratada como parte de la élite venezolana – clasista y despiadada – que segregó a tal punto al “pueblo de Venezuela”, que permitió el surgimiento del fenómeno Hugo Chávez y su V República.

Una mujer vestida de Chanel, que parecía haber olvidado el suicidio de su marido aquel enero del 88 cuando se presentó en Buenos Días Venezuela, sin atisbos de luto.

Sinónimo de cultura, Ímber fue publicada nacional e internacionalmente como periodista, en diarios y revistas de toda Iberoamérica durante más de cincuenta años.

Durante su primer matrimonio con el escritor y diplomático Guillermo Meneses, viajó a Europa como representante del gobierno del general Marcos Pérez Jiménez, para hacer de esa época, y su relación con el grupo Los Disidentes, la semilla de su gesta cultural de vuelta al país.

Junto con Carlos Rangel y el programa Buenos Días, Ímber le dio rostro a aquella periodista “intransigente” que había estado en las columnas de los diarios venezolanos. Pero su obra cumbre, y por lo que la historia la recordará, será por la fundación y dirección de una de las casas de cultura más importantes en el devenir artístico venezolano: el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Ímber (MACCSI) en 1973.

El MACCSI fue hogar de obras nacionales -Soto, Cruz-Diez, Reverón, Pájaro, Zapata- y de piezas internacionales -Tamayo, Leger, Warhol, Kandinsky, Calder, Poliakoff, Mondrian, Moore, Dalí, Bacon, Monet, Rodin, Nolde, Chagall, Braque, Arp, Vasarely, Duchamp-, 23.249 metros cuadrados de historia, y un modelo de institución única e irremplazable en la museografía latinoamericana.

La labor de Sofía Ímber no fue sólo administrativa y de curaduría, sino que logró posicionar a Venezuela como un epicentro de arte moderno que alojaba actividades culturales por y para la comunidad de Caracas, sin distinción de clases ni colores, como hizo creer el fallecido Hugo Chávez en aquella fatídica alocución en la que despidió a Ímber de la dirección del museo, escupiendo nuevamente sobre la labor de venezolanos emprendedores que respondían desde las vanguardias culturales contra lo que – se sabía – era una dictadura en incubación y, como tal, debía empezar por matar a cuchilladas lentas los espacios de libertad artística e intelectual.

Museo de Arte Contemporáneo Sofía Ímber - Foto Diego Arroyo Gil
Foto Diego Arroyo Gil

Pero ni las pérdidas personales, la muerte de su marido ni la humillación pública del comandante permitieron que Ímber dejara de tomarse su café por la mañana, de escribir ni de subir el Ávila.

La insensibilidad aparente, la tenacidad, el temple y una de las mentes más brillantes de la historia venezolana, no fueron ni heredadas de los inviernos de Soroca ni adquiridas por ósmosis marital. Sofía fue una mujer consciente de sus grietas, decidida a atravesarlas a través del psicoanálisis – de la mano de Ana Freud, nada menos – y del autoanálisis constante, con la honestidad de frente y el lomo de roble.

A sus 92 años, Ímber encarnaba casi un siglo de historia venezolana. Desde la inmigración masiva que fundó la verdadera Venezuela “republicana”, el boom petrolero y la gesta de una potencia cultural, hasta el declive del régimen chavista. Es sólo cuestión de leer a Diego Arroyo Gil en La Señora Ímber, y digerir una dosis de historia nacional real, de esas que tanta falta hacen.

Adiós maestra. Me quedo con el débil consuelo de que algún día le devolveremos su nombre al regalo que le hizo al país.

Sofía Ímber Barú falleció en la mañana del 20 de febrero de 2017.

 

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