Quienes hemos leído Madame Bovary sabemos que a ella –al personaje, a la mujer-, no se le puede juzgar moralmente.  La palabra moral es una palabra difícil, así que seré más específica: no se le puede -o no se le debe- juzgar desde la moral cristiana; al menos no desde esa que lapida adúlteras y aunque el personaje termine, de alguna forma, lapidado. ¿Quién lápida a Madame Bovary? ¿Por qué no podemos arrojar la primera piedra?

Si hay una novela que, tal vez, resume con precisión la vida de muchas mujeres en el siglo XIX, es Madame Bovary, una víctima de sus circunstancias.  Innecesario extenderse en la falta de libertades de las mujeres de hace centuria y media. Todos sabemos cuáles son,  muchas de ellas siguen estando aquí y la lucha por erradicarlas sigue estando en pie. Cuando hablo de sus circunstancias hablo, en primera instancia, del profundo aislamiento al que Emma Bovary se ve sometida desde su infancia. Hija de un viudo (no hay otra mujer cercana con la que pueda relacionarse, encompincharse, hacerse cómplice) es educada por monjas, en un convento.  La madre, ese primer vínculo con lo femenino y sus misterios, es sustituida –en la vida del personaje-  por una imagen que –y sin ánimos de entrar en discusiones sobre la pertinencia de la religión- resulta antagonista a lo erótico o, al menos, de la pulsión erótica-sexual tal y como lo concebimos normalmente. La escogencia del ambiente conventual y la contraposición de las novelas románticas (tantas veces novelas de folletín) que Emma lee,  no son una escogencia azarosa como recurso literario:  Por un lado, la mística religiosa y su eros particular, su olor a incienso y mirra o ese arrobamiento, esa enajenación, que Bernini recogiera como nadie en El éxtasis de Santa Teresa. Del otro lado, el amor mundano o, peor aún, el amor cortés y su mezcla entre la carne y el espíritu: el caballero que rescata a la amada de la torre que la encierra. Así que no se trata solamente de apuntar a un personaje que creció llenándose la cabeza –y como dirían en mi tierra- de “pajaritos preñados”, de ilusiones tontas y suspiros frívolos; sino de uno que,  precisamente porque vive en una jaula, ve en esas ilusiones los únicos pájaros posibles. Tras la bandada  se pasa la vida corriendo Emma Bovary,  que se casa con el primero que parece anunciar la libertad porque -a diferencia de nosotras, sus bisnietas o tataranietas-  no puede y no sabe hacer otra cosa.

Lo que, en su momento, muchos leyeron como una novela moralizante sobre porqué las jovencitas no debían tener acceso a una educación superior, fue también leído como un canto a la liberación de la mujer  y una severa crítica a una sociedad que la condenaba  al ámbito doméstico, muchas veces en contra de su propia voluntad y aún y cuándo ésta sintiera que estaba destinada a otra cosa. Y, más allá de un homenaje a lo femenino, la novela es una brillante puesta en escena de la frustración humana –que no tiene géneros-  frente a reglas o una realidad que nos sobrepasan o a la imposibilidad de ser, simplemente,  lo que se sueña.  En sus diarios, varias veces Flaubert afirmó Madame Bovary soy yo.

Madame Bovary

Ilustración de Mind Maps

El “pecado” de Emma Bovary no es el adulterio sino la ingenuidad (no necesariamente el pecado de Flaubert). Una ingenuidad que lleva a ese pájaro que es ella misma –y que no sabe lo que es cielo- a convertirse en presa una vez liberada de la jaula: es frágil, no sabe volar, no tiene el conocimiento necesario para reconocer a los depredadores. De un lado, Charles, el esposo: hombre de sencillas maneras que nada sabe de refinamientos y que, sin embargo, ama: es capaz de ver la gema sin codicia, puro deslumbramiento. El despreciado Charles Bovary, que no quería ser médico y termina siéndolo a instancias de su madre; ese esposo que es un poco bruto, un poco mediocre pero extremadamente noble. El que no parece un caballero, no sabe cómo serlo pero alberga, dentro de sí, todas las armaduras posibles. Si hay un personaje trágico en esta novela tal vez no sea Emma, sino él, esa sombra triste en la que se termina convirtiendo.

Del otro lado, Rodolfo y León, que codician la joya. Las joyas adornan, empoderan. En el medio, una mujer que busca la fuga y no tiene derecho a ella; que confunde ideas y realidad porque ha vivido siempre en la caverna y la luz del sol –o lo que ella cree que es la luz del sol- ciega. Y podría acusársele de frivolidad, podría acusársele de ligereza o inconformismo, pero eso bien puede ser una lectura injusta y superficial. No se acusa al Quijote, que también leía novelas de caballería y perseguía quimeras, de frívolo o inconforme; se le acusa de loco. Tildar a Emma Bóvary de frívola y ligera es, tal vez, mirarla desde una perspectiva misógina. Si se va a decir algo, que se diga que estaba loca, que también veía gigantes donde sólo había molinos. Y así como El Quijote es una burla a un género, la novela de Flaubert también lo es: a la novela cortesana y a la novela de folletín, pues la burla sirve para destacar huecos;  para tomar distancia y, desde esos agujeros, hablar sobre esa contradicción indecible que es lo humano.frase-madame-bovary

Como la Naná de Zolá -y salvando las diferencias de clase social (Naná es muy pobre)-, Emma es una campesina que crece añorando las lentejuelas y oropeles de la gran ciudad; una burguesa que anhela la aristocracia.  Una flor silvestre pero, al fin y al cabo, una flor.  Pero no se trata ni siquiera de eso, sino de un anhelo mayor: el oropel se parece a su ideal de libertad, belleza y amor. Y no hay nada que Emma Bovary quiera más que el amor, la belleza y la libertad. Modelo de heroína romántica, es difícil también aislarla  de la imagen de la rebelde: una criatura capaz de desafiar las convenciones de su tiempo y su entorno (la provincia) para intentar vivir de acuerdo a  lo que se le parece a la felicidad. Como Anna Karenina, Emma Bovary persigue espejismos y es condenada por ello. Como Lady Chaterley, es infeliz en un matrimonio con un hombre que no la trata como quiere. A diferencia de la Nora de Casa de muñecas, Emma tiene un marido que le ama pero al que ella no ama y que dista mucho de su imagen ideal del amor: poco después de su boda, acepta que se casó con el hombre equivocado. Todos estos personajes femeninos mencionados tienen una relación equívoca o poco satisfactoria con la masculinidad porque esa masculinidad, de una u otra forma, les ha sido impuesta. Es decir, en el fondo, es una relación conflictiva con el estereotipo de lo femenino y no se le puede pedir a Emma Bovary que se resigne, cuando no se ama, no se ama. A diferencia de Anna Karenina, no logra escaparse, su condena es el confinamiento y no el escarnio. A diferencia de Constance Chaterley, no es amada por sus amantes.  A diferencia de Nora, no logra abandonar, poner fin a todo. No por falta de deseos o empeño, sino porque los mecanismos que escoge para ellos no le resultan. Nora es, tal vez, la primera mujer en la literatura moderna que no sólo rompe la jaula sino que rompe con algo tal vez más profundo: la imagen de la mujer objeto;  elije su destino y se va para encontrarse. Pero el de Emma Bovary es un destino frustrado, no puede elegir, no puede llegar a ser.

Desde nuestra época es, aparentemente, muy fácil ponerle fin a las jaulas pues las fronteras de acción y pensamiento se han ampliado para las mujeres. Se supone que es normal que hoy en día estemos con muchos hombres, podamos elegir con quién nos acostamos, nos casamos o si queremos casarnos o no; o si la montaña nos hace más feliz que el matrimonio o el matrimonio más feliz que la playa.  Nosotras tenemos acceso a un conocimiento que mujeres de generaciones anteriores no tenían. Proviene del hecho de que podemos probar y, si nos equivocamos, destejer y tejer otra cosa, irnos. Podemos experimentar, tenemos experiencia.  Por nuestros “paladares” han desfilado todo tipo de sabores y eso nos da la posibilidad de saber qué nos gusta y, sobre todo, qué nos hace bien.

Emma Bovary se casa con Charles porque no sabe hacer otra cosa.  Nosotras somos  hijas de la liberación, aunque eso pueda ser cuestionable y  haya independencias que aún tengamos que ganar y  mucho que hacer todavía. Pero, evidentemente,  hubo un avance en la relación de fuerzas de los terrenos en los que podemos movernos. Entre lo que queda por hacer, creo, está el enseñarnos a reconocer a la Madame Bovary que vive en nosotras, reconocer la propia ingenuidad. No rechazarla, esconderla, negarla, asesinarla. Eso tal vez sería obviar que el momento “novelita de folletín” es parte también de lo que nos conforma; que todas y todos alguna vez hemos suspirado por alguien que no nos corresponde o hemos soñado con paseos en carruaje,  a la luz de la luna. No creo que exista mujer que no haya caído en su propia trampa o en la trampa que el lado predador de lo masculino le tiende. O, para ser más exactos e inclusivos: no creo que exista inocencia que no haya caído en su propia trampa o en la trampa que el lado predador de lo humano le tiende. Y podríamos decir que educaremos a las niñas y niños del futuro para eliminar la trampa pero esas cosas no se hacen de la noche a la mañana: no se cambian, de un día para otro, siglos de pensamiento y estructuras culturales y, aunque se haga, la asimilación toma tiempo.  Y, de todas formas, no sabemos si simplemente esa ingenuidad forma parte de lo humano y  así como no podemos ser siempre niños, tampoco podemos ser siempre adultos; hay un crecimiento psíquico necesario. En todas las especies –y nosotros también somos una, del orden de los mamíferos- hay un ritual de crecimiento y aprendizaje, un dejar el nido o aprender a salir de caza.Madame Bovary

Emma Bovary,  vehículo de satisfacción ególatra para lo masculino. Rodolfo, el inescrupuloso, tiene una cabeza de ciervo sobre la repisa de su chimenea. León, el soñador,  se riza y desriza los bucles, enamorado de sí mismo. En la obra no hay detalles superfluos, cada dibujo del personaje está allí para decirnos algo. Ambos ven encuentran en Emma el terreno perfecto para el auto-reconocimiento de su hombría: uno encuentra una presa, otro encuentra un espejo. Madame Bovary, una muñeca, un trofeo. La bella muchacha, la muchacha distinguida, un  frágil bibelot, un juguete.  La que no conoce los límites entre el amor y la asfixia y ama, ama con la ceguera propia de la pasión y se ahoga y ahoga con esa ceguera. Todos lo hemos experimentado y hemos experimentado el sufrimiento que eso conlleva. A diferencia de nosotros, Emma Bovary está invalidada para una salida. Su destino ha de ser, necesariamente, un destino trágico.

Nosotras no. Nosotras beberíamos, echaríamos pestes, escribiríamos poemas o iríamos de compras; publicaríamos estados en las redes sociales sobre lo espantosos que son los hombres o lo difícil que es el amor. Nosotras sacaríamos clavos con otros clavos y con destornilladores y quién sabe si hasta con una llave inglesa.  Pero debajo, en el fondo de nuestra psique y como una llama minúscula, canta la Emma Bovary que nos habita, la enamorada que sufre.  ¿Cuántas veces  hemos permanecido atadas a lo indeseable? ¿Cuántas se han casado con Charles por no saber hacer otra cosa? ¿Cuánta infelicidad hay todavía en las mujeres, en cada una de nosotras? ¿Cuántos sueños de grandeza abandonados en post del deber ser? ¿Cuánta necesidad de lo libre y cuánto pájaro y cuánta jaula?

Sí, todas queremos ser la Nora de Ibsen, todas luchamos por ser la Nora de Ibsen. Pero alguna vez, nos guste o no, lo admitamos o no, todas hemos sido Madame Bovary.

 

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