Hace unos fines de semanas amanecí con una tremenda contractura en el cuello. Y cuando digo tremenda, lo digo en serio. No podía girar la cabeza, porque al hacerlo el dolor era insoportable.

Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue la cachetada a mi ego: ¿Cómo me va a dar torticolis? ¿Con todo lo que sé y lo que hago? ¿Cómo voy a dar clases ahora?

Así que más allá del dolor, que era mucho, mi mente no dejaba de girar alrededor de estas ideas. Éstas pueden resumirse en una sola: “no soy lo suficientemente buena (como persona y profesional) porque en este momento tengo un dolor”. Ideas claro, hacían el dolor mucho mayor.

Seguramente tú también te has sentido así alguna vez. Tienes una dificultad o un malestar concreto y entonces tu mente se desquicia y tiñe toda la imagen que tienes de ti misma. A todos nos ha pasado alguna vez, es la naturaleza humana. Pareciera funcionar así nuestro cerebro, buscando lo que está mal y quedándose estancado ahí. No es una afirmación científica, pero sí es nuestra experiencia.

A partir de mi experiencia, hoy te voy a contar qué hago yo cuando caigo en esos juegos mentales.

¿Qué hacer?

Mientras estaba batallando un rato en mi cabeza (literal y figuradamente), me puse a hacer movimientos que sé funcionan para aliviar el cuello. Y sabes qué? No funcionaron. Ni uno solo. Alivio cero. Y entonces reconocí de lo que estaba pasando. Faltaba algo, el ingrediente fundamental para que los ejercicios funcionaran. Mi estado interno. Mi presencia. Porque cuando caemos en ese lugar de juicio interno, perdemos nuestra presencia.

En el momento en que perdemos nuestra presencia, dejamos de habitar nuestro cuerpo y es ahí cuando nos lastimamos. Muchas veces caemos en la corriente del automatismo de la vida cotidiana y nos olvidamos de lo que hemos aprendido para estar bien. Nos vamos de nuestro cuerpo. Y ahí nos perdemos a nosotros mismos, y nos perdemos lo que pasa en nuestra vida.

Ego

Esto nos sucede a todos, parecería ser parte de la naturaleza humana. Por eso es tan importante mantener una práctica constante de bienEstar, que nos permita regresar a nosotros mismos cada vez que esto sucede, y que haga que estos episodios sean cada vez más cortos y esporádicos.

En mi caso, cuando dejé de estar presente en mí, entró el juicio. El juicio que me decía que debería ser capaz de curarme a mí misma en 5 minutos. Y que esos ejercicios “tenían” que funcionar. Pero no funcionaron y eso fue una bendición. Porque entonces me acordé. Me acordé que los humanos simplemente no funcionamos así. En el momento en que queremos que algo suceda en nuestro organismo, y trabajamos para que algo pase con una lógica lineal en donde si hago A voy a obtener B, no funciona. Porque somos seres vivos orgánicos que respondemos a los movimientos sanadores cuando están hechos con conciencia. No somos máquinas controlables y predecibles.

Así que paré lo que estaba haciendo, respiré, acepté el dolor y quité mi foco de él. En lugar de mover los hombros y el cuello con la intención de cambiarme a mí misma, empecé a mover los pies. No para quitarme el dolor, sino para recuperar en una parte de mi cuerpo mi habilidad de moverme con una calidad muy alta. Es decir, con presencia, comodidad y conexión. Sabiendo que esa calidad se expandiría por el resto de mi ser, pero no esperando que sucediera, sino soltando el resultado. Ya no buscaba quitarme el dolor, sino moverme inteligentemente.

Y entonces fue cuando pude empezar a mover el cuello. En cada pausa que hacía, podía girar la cabeza un poco más. Cuando me levanté, ya podía moverme. El dolor había disminuido un 80%. Y yo me encontraba presente y en paz.

Me recordé una vez más que cuando uno intenta hacer que las cosas pasen en el organismo, no funciona. Cuando fuerza las cosas, en cualquier área de la vida, no funciona. A la larga no funciona. Esto siempre se lo digo a los alumnos, pero a mí ese día se me olvidó. Porque se nos olvida lo que sabemos, a veces cuando más lo necesitamos, de ahí la importancia de contar con recursos y también con una tribu que esté en el mismo camino, para que te lo recuerde si no lo haces tú.

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Así que si te encuentras en una situación de malestar, puedes utilizar estos pasos:

  1. Recuerda que esa situación no te define. No permitas ser reducido a un hecho concreto, cuando eres mucho más que eso.
  2. Observa el estado mental desde el que estás abordando el malestar. ¿Hay calma o juicio? ¿Comprensión contigo mismo o exigencia? Reconoce cuáles son tus patrones.
  3. Separa el diálogo interior de la situación. Date cuenta que el diálogo está, no trates de cambiarlo, pero recuérdate que no es cierto lo que dice. Si puedes, mientras lo escuchas, ríete de él.
  4. Suelta el deseo de eliminar el malestar. En su lugar re-enfócate en crear más bienestar en otra parte de ti.
  5. Mantente confiado en el proceso.

Esto es lo que yo hago cuando me olvido, y me funciona. Aquí te lo comparto, pruébalo y cuéntame en los comentarios qué tal te funciona a ti.

Por cierto, estos algunos de los ejercicios que hice y aliviaron la torticolis, pero recuerda que lo más importante es la actitud con la que los hagas.

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