Me da vergüenza admitirlo pero formo parte del grupo de mujeres que ha permitido que la cultura le dicte el ideal de belleza que, se supone, hay que seguir.

No sé de psicología social. No sé si otras personas pueden evitar la imposición de los ideales culturales. Pero, yo quiero ser una de ellas.

Mi familia no dedicaba mucho tiempo al culto al cuerpo. Más bien me premiaban por los logros académicos e intelectuales. Aún así, he estado obsesionada con mi cuerpo toda mi vida.

Recientemente supe que había un reality show sobre el Miss Venezuela y, al verlo, no me sentí agredida ni con ganas de correr hacia un gimnasio. Me sentí aliviada por varios motivos:

  • Esas chicas, a las que secreta y vergonzosamente me quería parecer, también tienen ideales imposibles. Según ellas, tienen que bajar siete kilos, cambiarse la nariz y las tetas.

Todo el mundo tiene ideales imposibles. Todos, incluyendo a aquellos que representan ideales para otros.

Tal vez es hora de aprender a distinguir entre metas e ideales. Tener proyectos es fundamental. Es lo que nos hace levantarnos en la mañana, Heidegger, bla bla bla. Mientras que el ideal nos hace no querer mostrarnos, avergonzarnos por lo que somos y por lo que no hemos logrado ser.

  • Cuando veas a las tipas caminar en traje de baño y digas “No tiene tan buen culo”. Ignora la voz que luego dice “Sí, claro”. Ese  primer juicio es producto de nuestro instinto de supervivencia emocional.

Hace poco vi una Ted Talk que me pareció esclarecedora en este sentido. Si te da flojera verlo, entonces, créeme: La felicidad sintética está aquí para ayudarte. Pero si quieres ver el video, aquí va el enlace con subtítulos.

  • Solíamos pensar que lo que nos diferenciaba de los animales era  el lenguaje, el uso de herramientas, que nosotros nos reconocemos a nosotros mismos en el espejo y ellos no. Pero se ha descubierto que no es así. Esos mismos atributos se han encontrado en distintos animales.

Yo diría que somos homus dietatus. Somos el único animal lo suficientemente idiota como para obsesionarse con las dietas y las tallas pequeñas.

Cada año la industria de las dietas hace más de 40 millones de dólares. Eso es prueba suficiente de lo jodidos que estamos y de lo idiotas que somos.

Nunca he visto a un gorila haciendo dieta y por eso mi conclusión es que ellos son más inteligentes.

Ver este tipo de programas de tele hace evidente lo tontos que somos los humanos. Este descubrimiento es fundamental para dejar el narcisismo y la hybris, para sacar las cabezas de nuestros culos.

Podría escribir miles de párrafos hablando a favor de los cauchitos y del atractivo de los cuerpos rubenescos, pero eso ya lo hacen otras personas. Por ahora me quedo con esto: Hay que ver esos programas de televisión horrorosos. Los American Next Top Model y todo. La razón es que a través de ellos podemos aprender más sobre nuestros tormentos. Admitirlos, aprender que son estúpidos y, por último, tirarlos por la ventana (intentar).

Hablando en serio, esta gente sostiene un ideal de feminidad y belleza simplista. Me da vergüenza admitir que durante tanto tiempo mi inconsciente ha sido tan débil como para dejarme influenciar por lo que cuatro idiotas consideran que es la belleza.

Ser bella y femenina no significa pesar cuarenta kilos y no poder mover las manos por el peso de las uñas. Puede ser que tenga que ver con la vulnerabilidad, pero es muchísimo más complejo que eso.

Esto no sólo pasa en Venezuela, sino en todas partes: 77% de las niñas adolescentes del mundo dicen ser feas después de ver revistas de moda. No quiero ponerme a buscar una moraleja o a detallar y denunciar todo lo que está mal en el mundo.

La industria de la “belleza” no va a cambiar. Es nuestro trabajo entonces el de informarnos, ver televisión de porquería, revisar nuestros ideales y nunca jamás tener hijos.

Cualquiera podría decir que debería preocuparme por cosas más importantes. A esto respondo que la vergüenza no debe ser subestimada. Nos revela mundos internos que no deben ser desdeñados por no ser interesantes o porque muestran que no somos lo que queremos ser.

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