El día de Navidad asistí a una cena organizada por mis compañeros de curro; todo lucía excelente: la comida, las innumerables botellas de vino regadas por la casa, la música y las parejas bonitas bailando con alegría. Cuando mi jefe me vio aterrizar directamente en la mesa del vino, me acompañó a prender un cigarrillo en la terraza y con mucha seriedad me dijo “tenemos que hablar”. Temiendo un pronto despido, tomé un trago largo de vino y le invité a conversar. Para mi sorpresa me preguntó “¿qué te pareció La vida de Adèle?”, y automáticamente la puerta de la terraza se cerraba tras el resto de mis compañeros que esperaban atentamente la opinión de la única lesbiana de confianza que parecieran tener en kilómetros a la redonda. No pude evitar colapsar en risas nerviosas, pues al parecer todos esperaban una sola frase: “sí, así follamos las lesbianas”. 

Recuerdo haberla visto en el cine con mi ex pareja favorita. Ante tanto preámbulo en las redes sociales, esperaba dos horas de sexo lésbico intenso, al que la crítica homosexual tildaba de “exagerado” y “poco real”, combinado por la mirada heterosexual de un director dispuesto a conquistar a la audiencia masculina. Pues no, la película trataba de mucho más que sexo: entre los pálidos colores que parecieran siempre acompañar al cine francés, la inesperada aparición de Mi corazoncito del grupo Aventura (que hizo reír a los pocos latinos que estábamos en la sala) y los planos secuencia hermosamente largos, La vida de Adèle jugaba con mucho más que homoerotismo.

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Quienes hayan vivido la ardua experiencia de experimentar relaciones amorosas con alguien de su mismo sexo en la clandestinidad, pueden entender la angustia con la que nos identificamos cuando a la pobre niña la juzgan abiertamente en el cole, la increíble intensidad del primer beso y la condenante efusividad de esos primeros orgasmos. Pero la abierta crítica al estancamiento de la vida amorosa, la fatídica irresponsabilidad de las relaciones determinantes y la necesidad de hallar terreno fértil entre dos personas con trasfondos tan distintos, pareciera pasar desapercibido.

Sigo preguntándome si el caso hubiese sido de una pareja heterosexual, quienes se habrían sentido ofendidos los pertenecientes al círculo artístico bajo la crítica tan dura que se le hace al esnobismo y las herméticas posturas sociales a las que suelen sucumbir. Pero no es el caso, al parecer somos una manada de consumidores voraces criados bajo el estigma del tabú pornográfico y en pleno apogeo homosexual, por lo tanto, lo que arrasó con las taquillas fue la más pura morbosidad.

Ahora bien, recuerdo que al regresar a casa del cine un muy buen amigo me hizo llegar un link de YouTube donde algunas chicas lesbianas manifestaban su opinión respecto a la escena sexual de La vida de Adèle  y no pude evitar indignarme un poco, pero para resumir tengo que concluir con lo siguiente:

  1. NO TODAS LAS LESBIANAS PARECEMOS HOMBRES, ¿cuántas veces hay que repetirlo? Seguimos cayendo en los estereotipos masculino/femenino del que tanto rehuimos.
  2. Cualquier lesbiana que haya presenciado esa escena y no se le caliente la entrepierna está fingiendo.
  3. Soy fiel creyente de que Abdelatiff se asesoró bastante bien, pues aunque faltaron un par de mis posiciones favoritas, todo está muy bien representado. Chapeau para las actrices.
  4. Que una lesbiana dude de la existencia del orgasmo femenino es indudablemente grave.
  5. Tu preferencia sexual no te hace más cool, y hacer alarde de ello sólo nos hace quedar peor a las demás.


Feliz Año y felices orgasmos nuevos. 

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