Durante cuatro temporadas, vi y amé Halt and Catch Fire, no solo porque era una serie sobre la revolución de las computadoras a principios de los ochenta, los juegos y la tecnología hasta la creación del primer buscador, la serie narraba la vida, el éxito y el fracaso.

Posiblemente por narrar tan profundamente el fracaso en todos los aspectos de la vida, quizás no era la serie preferida de todos y por eso duró solo cuatro temporadas. Si vas a un evento de start ups o entras en Facebook lo entenderás, hablar de tus debilidades más profundas no está de moda, en la superficie es mejor hablar de lo bueno que eres, sin contar que para lograrlo debas naufragar y renacer, como bien lo haría Robinson Crusoe.

La serie y sus personajes -Joe, Gordon, Cameron o Donna- incluso llegaron a sugerir a la tecnología como una forma de arte. En la última temporada de la serie, Cameron Howe, genia de la programación adelantada en su tiempo, construye un videojuego de aventuras llamado Pilgrim, una forma de gamificación enigmática y difícil, frustrantemente dura, casi antagónica con el jugador.

El fracaso es un tema inusual en los dramas televisivos, incluso en los más oscuros o agridulces. Don Draper en Mad Men casi siempre recibió una inspiración publicitaria cuando lo necesitaba o Tony venció a sus enemigos en The Sopranos.

En esta serie, que en la primera temporada apostaba por un hombre misterioso de los ochenta, un antihéroe estilo Don Draper que estafaría a IBM creando un portátil, dio un giro al timón para hacerla más interesante, centrándose en el matrimonio laboral de los dos personajes femeninos principales Cameron Howe y Donna Clark, quienes habían creado Mutiny, una compañía de juegos en línea. A partir de allí, la serie se creció en argumentos tecnológicos, historias reales desde el surgimiento de Atari o la creación de páginas indexadas por parte de Yahoo!.

La riqueza de la serie radica en cómo se desarrolló un cuarteto de personajes centrales, cada uno de los cuales tiene una dinámica distinta con cada uno de los demás. Los personajes era siempre ellos mismos, eran auténticos, no complacían a nadie, a ningún espectador.

Halt and Catch Fire logró hablar de lo que nadie habla, lo la dificultad de mantenerse en pie y el placer de hacer que algo funcione. La resolución de problemas fue el medio a través del cual los personajes se expresaban y admiraban la mente del otro. Donna y Cameron estuvieron distanciados durante la mayor parte de la serie final, pero se conectaron a través de Pilgrim.

La serie nos vendió lo que hoy está más claro que el agua: que la informática y la tecnología son parte de nuestra cultura. Esta idea de cultura, que ha sido reducida durante décadas con publicidad falsa y utópica, también ha mostrado otra cara: la producción de apilamientos de medios sociales, ragetweets presidenciales o, algo que podemos ver en la tercera temporada de Halt and Catch Fire, el acoso de Gamergate a los desarrolladores de juegos femeninos como Cameron.

Pero en su última temporada, Halt and Catch Fire logró transmitir una sincera nostalgia de la primera Web. Esas páginas HTML primitivas, con sus caricaturas cursis y listas de enlaces, eran puertas que conducían a interminables puertas.

El fracaso, desde la perspectiva de este espectáculo, no es el final; es el camino para que los personajes suban de nivel, vuelvan a la pila bautismal y renazcan en algo mejor.

 

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